Natalia entró en aquel pub
exactamente a las diez y un minuto. Saludó con una amplia
sonrisa a la gente del pub. Camareros y algunos de los
clientes la conocían, ya que era una clienta habitual desde
hacía años. Pidió una copa. Mientras le servían su whisky
con hielo recordó por qué estaba allí y no en otro lado.
La verdad es que necesitaba romper
con la inercia de las últimas semanas, ya que a sus 24 años
estaba algo desconcertada por el derrotero que habían tomado
los acontecimientos. Parecía que había sido ayer, pero en
realidad hacía cuatro meses que se había convertido en la
amante de su primer (y tal vez único) novio serio. El tipo
en cuestión se llamaba Javi, tenía 32 años y llevaba tres
casado.
Natalia aún no sabía que era lo que
había hecho que ese fin de semana decidiese no quedar con su
amante. Tomó un largo sorbo de su copa y llegó a la
conclusión de que le apetecía variar un poco el ritmo de su
vida. A fin de cuentas ella era demasiado joven para estar
permanentemente atada a un tipo que, por maravilloso que
fuese (de eso ella no tenía la menor duda), estaba casado y
lo más probable era que nunca llegase a ser suyo por
completo. Además no quería que él tuviese la sensación de
que ella estaba totalmente a su disposición, ya que la única
vez que ella se lo demostró, él se lo agradeció casándose
con otra.
Entre pensamiento y pensamiento, se
dio cuenta de que había acabado su copa, así que pidió otra
y, sin más dilaciones, se abrió paso hacia el centro del
pub, donde había reconocido a un grupo de viejos amigos. Se
trataba de tres chicos y tres chicas, que bailaban al lado
de una de las columnas que tenía aquel pub. Aquella noche
Natalia se había vestido de un modo nada recatado: minifalda
de vuelo, por encima de la rodilla, top ajustado con
tirantes y chaqueta tres cuartos de cuero. Ya que hacía
semanas que no se permitía el lujo de salir sin pareja, la
ocasión lo merecía.
Se puso a bailar, notando como los
ojos de sus tres amigos, y de unos cuantos tipos más que
había en aquel pub, se clavaban sin disimulo sobre sus
insinuantes curvas. A ella siempre le encantó sentir esa
sensación, ser el centro de los deseos de un puñado de
chicos. Pero esta agradable sensación se rompió bruscamente
cuando ella giró su cuello a la izquierda. Al fondo, en una
de las escasas mesas que había en aquel pub, se sentaban dos
parejas. Natalia, camuflada tras la columna, no reconoció a
una de las parejas, pero sí a la otra. Era Javi, tan
elegante y guapo como de costumbre, acompañado por su mujer.
Parecían contentos, ya que se les podía ver reír, brindar y
tocarse.
Natalia sintió una sensación de
quemazón en el cuerpo al ver aquello. Parecía de locos, pero
tuvo la impresión de que él le era infiel ¡con su propia
esposa! Ella no recordaba la última vez que había sentido
celos, pero en aquel momento su orgullo se vio seriamente
tocado. Siguió mirando furtivamente hacia ellos,
convenciéndose de que no daban la típica imagen de pareja a
punto de separarse. El caso es que se dejó llevar por el
irrefrenable deseo de acercarse a ellos. Con disimulo,
dejándose llevar por la música, fue reduciendo la distancia
que la separaba de ellos, hasta quedar a un metro escaso.
Carmen, la mujer de Javi, fue la primera que reparó en la
presencia de aquella peligrosa rival. Sus ojos claros la
miraron con una marcada expresión de desconfianza, dejando
claro que ella intuía (o sabía) el peligro que aquella chica
morena significaba para su matrimonio.
Natalia, con sus ojos oscuros, le
devolvió una mirada desafiante, acompañada de una sonrisa en
los labios. La rivalidad entre ellas dos nunca había
desaparecido. En los últimos años había estado latente,
soterrada, pero seguía allí, por la sencilla razón de que
las dos deseaban la misma cosa. Segundos más tarde fue la
mirada de él la que chocó contra los ojos de Natalia.
Aquellos ojos marrones, bonitos y profundos la hicieron
estremecer, como de costumbre, pero no perdió la compostura.
Estaba decidida a no dar la típica escenita de amante
celosa, por lo que simuló un gesto de sorpresa, se acercó a
donde él estaba sentado, dobló ligeramente sus rodillas y le
dio un par de sonoros besos en las mejillas, limitándose a
saludar al resto con un gesto de cabeza.
Al instante volvió a bailar, notando
como la mirada de "la otra" la seguía. "La otra", como la
denominaba Natalia, agarró a su marido, que tenía en el
rostro una expresión algo descolocada, como quien se agarra
su más preciada posesión al presentir un peligro grave,
inminente. Él pasó la mano por el hombro de ella, haciendo
que los celos de Natalia aumentasen de intensidad. "Por lo
visto", pensó, "mi amigo quiere jugar. Está bien,
jugaremos". Si él estaba tratando de darle celos, ella no
tendría ningún problema en pagarle con su propia moneda.
Aunque hacía meses que no ligaba con un desconocido, eso no
se olvidaba. Además ella tenía los recursos suficientes para
conseguirlo y no era justo que aquel tipo casado, que
ocupaba su mente, su corazón y su cabeza, fuese el único que
pudiera ser infiel. Ella nunca rehusaba el juego duro y si
se la buscaba, se la encontraba.
Una rápida mirada circular le
permitió apreciar la figura de dos chicos, negligentemente
apoyados en la pared, que la miraban. Cuando ella les
devolvió la mirada, dos sonrisas se dibujaron en sus labios.
En cuestión de segundos ella evaluó la situación. Uno de
ellos parecía joven, unos 21 o 22 años. Era alto, moreno y
su rostro tenía una expresión entre pícara y provocativa. El
otro era más bajo, parecía algo mayor (alrededor de los 25)
y se notaba a la legua que era tímido. Se acercó a ellos
tranquilamente, sin dejar de bailar ni de sonreír, notando
como aquellos dos pares de ojos no perdían detalle de su
cuerpo. Sin decir ni una palabra se puso a bailar con ellos,
al tiempo que les atraía con habilidad junto a la mesa donde
se sentaba aquel que parecía dispuesto a ponerla celosa
aquella noche.
Bailando en medio de sus dos nuevos
"amigos", Natalia podía sentir como la mirada de Javi no se
apartaba de ella, pese a los intentos que hacía su mujer por
captar su atención. Aquello la ponía a mil por hora y
decidió mostrar a su amante todo lo puta que podía llegar a
ser si se lo proponía. Bailando sensualmente empezó a rozar
ligeramente su estupendo culo contra los paquetes de
aquellos dos, notando una dureza de lo más excitante.
Realmente era una situación morbosa, más aún cuando los dos
tipos comenzaron a magrear su cuerpo, con una habilidad
fuera de toda duda. Eran las once y cinco, y aún había poca
clientela en aquel sitio. Los amigos de Natalia ya se habían
ido de aquel sitio, aunque ella, concentrada en sus asuntos,
no se había dado cuenta de ese detalle.
Los roces y toqueteos sobre su cuerpo
provocaron que ella tuviese, a estas alturas, el sexo húmedo
y los pezones duros, tanto que se marcaban insinuantes bajo
su ajustado top. En un acto reflejo, echó sus manos atrás,
hasta que llegaron a palpar los endurecidos paquetes de sus
acompañantes. A Natalia se le antojaron apetitosos, máxime
cuando Javi no dejaba de mirarla, con una expresión entre la
sorpresa y la indignación. Estaba ella mirando por el
rabillo del ojo la cara que se estaba poniendo a su amante,
cuando notó la mano de uno de sus amigos apretar con
suavidad su antebrazo. Seguidamente, una boca se acercó a su
oreja. Natalia tuvo que reprimir un gemido cuando sintió
como una lengua húmeda y cálida se deslizaba lentamente.
Giró el cuello, con intención de pedir explicaciones, pero
en ese momento otra mano se cerró sobre el antebrazo que le
quedaba libre, al tiempo que una voz le susurró al oído:
- Veo que esta noche te apetecen
emociones fuertes, preciosa. No te preocupes, que nosotros
te las vamos a dar.
La voz que venía del lado izquierdo
era la del chico con aspecto tímido. Al final no lo iba a
ser tanto, pensó Natalia. Cogiéndola uno por cada brazo, la
condujeron hasta la puerta de los servicios del pub. Ella
podía haberse negado, haberse resistido o haber protestado,
pero no hizo nada de eso. La verdad es que sintió un
cosquilleo de lo más rico en la planta de los pies mientras
franqueaba con ellos la puerta de acceso. Tenía ganas de
hacer alguna locura y aquella era la ocasión perfecta para
ello. Una última mirada de reojo le permitió ver como su
querido Javi no se había perdido detalle de lo sucedido.
Mejor, que lo viese todo y, de paso, que supiese lo que se
siente viendo a su chica desaparecer acompañada de dos
desconocidos.
El servicio de chicas en el que
entraron era grande y estaba muy limpio, seguramente por lo
temprano de la hora. En el ambiente flotaba un ligero
perfume a ambientador de pino. A la derecha de la puerta se
alineaban cuatro lavabos, con sus respectivos espejos.
Frente a estos, en la pared opuesta, había seis puertas, que
se extendían de pared a pared. Los chicos la llevaron hasta
la puerta de la derecha, la más alejada de la entrada,
después de cerciorarse de que allí no había nadie. Se
introdujeron los tres en aquel estrecho habitáculo y a
Natalia no le pasó desapercibido el hecho de que el más alto
de los chicos, después de cerrar la puerta, corriese con
disimulo el pequeño cerrojo.
"En fin, si quieren follar,
follaremos, que demonios, a mí también me apetece", pensó
Natalia, instantes antes de que sus dos acompañantes
empezasen a sobar sus tetas y su culo. Aquel sobe a cuatro
manos y a dos lenguas provocó que ella empezase a gemir.
Pero no perdió el tiempo. Se sentó sobre la taza y
desabrochó, con una habilidad que había adquirido desde la
más tierna adolescencia, los botones de los vaqueros de los
dos chicos. Cuando quiso darse cuenta, aquellos dos ya
tenían los vaqueros y los slips por las rodillas. Entonces
pudo hacer lo que deseaba desde hacía un buen puñado de
minutos: agarrar dos pollas para ella solita.
- Mmmmmmm, vaya lo que tenemos
aquí.... -dijo con voz sugerente, como alguien que se recrea
viendo un plato de suculentos manjares antes de hincarles el
diente.
- Las dos para ti -respondió el chico
tímido, el más bajito de los dos.
Natalia juntó las dos puntitas y
empezó a lamerlas con lujuria, pajeando cada polla con una
mano. Los dos capullos estaban duritos, suaves y calientes.
Después decidió ocupase de ellas de forma individual. Se
metió en la boca la polla del chico alto, que era pequeñita,
pero estaba dura como el hierro. La introdujo entera en su
boca, sin ninguna dificultad, mientras con una mano
acariciaba sus testículos. Con la mano libre se dedicó a
pajear el miembro del otro chico. Aquello era un órgano de
dimensiones más que respetables, casi el doble de grande que
la que tenía en la boca, calculó Natalia.
Al poco rato cambió, dedicándose a
chupar la polla grande y a menear la pequeña. Ella estaba
como loca, chupando, pajeando, acariciando, aquellos
atributos masculinos. Pero sus amigos no se olvidaron de
ella. La pusieron de pie y decidieron despojarla de sus
prendas íntimas. Mientras uno de ellos se agachaba y metía
sus manos hasta llegar a la braguita, el otro bajaba
delicadamente los tirantes de su top y lo deslizaba por su
cuerpo. En cuestión de segundos Natalia notó como la
desprendían del sujetador, dejando al aire sus tetas firmes
y redondas, y como su tanguita a juego se deslizaba en una
deliciosa caricia por sus piernas, hasta ser sacado por sus
pies. A estas alturas del juego ella estaba mojadísima,
tanto que pudo sentir como algunas gotas empezaban a
resbalar por sus muslos.
La cara del chico que le quitó el
tanga desapareció bajo su faldita vaporosa. Al segundo
Natalia sintió un lenguetazo en su coño, lo cual la hizo
abrir las piernas. Una lengua juguetona empezó a ensañarse
con su clítoris y dos dedos hábiles se abrieron paso por su
coño. El otro tío no perdía tampoco el tiempo, ocupándose de
sus oscuros pezones, comiéndose uno al tiempo que pellizcaba
el otro. Aquello era delicioso y Natalia, fuese por estar
con dos tíos para ella sola, fuese por lo original del lugar
o fuese por saber que él estaba a pocos metros de ella
(seguramente imaginándose lo que estaba pasando), sintió que
se iba a correr en breve. Se agarró a la cintura del que
estaba de pie, apretó la cabeza del otro contra su
palpitante coño y se dejó llevar por el placer. La fuerza de
aquel orgasmo dejó a la chica con las piernas temblando,
mientras se esforzaba porque sus gemidos no fuesen demasiado
audibles.
Apenas se hubo recuperado de aquella
explosión de placer, Natalia se encontró morreando al chico
que tan bien acababa de comerle el coño. En la boca de él se
notaban bien a las claras sus abundantes juguitos, ácidos y
un poco salados. No pudo saborearlos demasiado, porque
aquellos dos machos parecían tener prisa por seguir
utilizando su cuerpo, pero ella no puso ninguna objeción a
sus pretensiones. Ellos se colocaron uno a cada lado de la
taza, mientras la chica, con las tetas al aire, hincó sus
rodillas en ella, quedando a la altura perfecta para lo que
se avecinaba. El que estaba detrás de ella (el chico alto
con picha corta) levantó su falda y colocó su herramienta en
la entrada, al tiempo que el otro acercaba a su boca aquel
gran pedazo de carne dura.
Natalia no supo decir cual de las dos
pollas fue la primera en entrar, pero el caso es que sintió
que su boca y su coño se llenaron casi al mismo tiempo. Dado
que estaba empapada, huelga decir que aquel órgano pequeñito
pero eficaz entró fácilmente en sus profundidades húmedas,
proporcionándole una placentera sensación. Entre tanto, la
otra polla entraba con facilidad hasta su garganta. Para
mantener mejor el equilibrio y acompasarse a los movimientos
de ellos, Natalia apoyó su mano izquierda en la pared, al
lado de la cadera de aquel tipo que llenaba su boca, usando
la derecha para pajearle con habilidad. El calor trepaba por
su cuerpo de forma lenta pero implacable. Notaba aquellas
dos vergas cada vez más duras y, al cabo de unos minutos,
ellos decidieron cambiarse los papeles.
Pudo meterse en la boca entera la
polla del chico más alto, que tenía el delicioso sabor de
sus abundantes flujos. La otra polla se metió por su sexo,
de un solo golpe, haciendo que ella se sintiera llena. Gimió
cuando aquella herramienta entró del todo, pero no dejó de
chupar el manjar que tenía en la boca. El tío que estaba
detrás masajeaba sus nalgas, abriéndolas y cerrándolas,
mientras la follaba sin parar. El otro la cogía suavemente
del pelo, marcando un ritmo de mamada cada vez más rápido,
al tiempo que decía:
- ¡Jodeeeeer! ¡Qué bien me la estás
chupando!
Natalia estaba cada vez más caliente,
disfrutando del placer que aquellas dos pollas le brindaban.
Sentía que se iba a correr, cuando notó que la polla que
tenía en la boca dejaba de moverse, se endurecía un poco más
y empezaba a soltar leche contra su paladar. Ella empezó a
tragar, intentando no ahogarse, cuando sintió un tremendo
orgasmo explotar en su cuerpo y extenderse por él. Soltó un
débil gemido, ya que tenía la boca llena de semen. Parte
resbaló por su barbilla y cuello, mientras que el resto se
fue por su garganta. Todo su cuerpo temblaba, al tiempo que
su humedad se deslizaba por sus muslos. Estaba acabando de
limpiar aquel miembro, con la lengua, cuando la otra polla
salió de su coño. Natalia sintió como sus nalgas se fueron
empapando de una cremita caliente y viscosa. Cuando tuvo la
polla de su boca bien limpita, notó como unos dedos ágiles
recorrían su culo. Tras abrir bien sus nalgas, empezaron a
acariciarle el ano. La sensación mojada y pringosa que ella
sintió allí se debía, sin duda, a que aquel tipo estaba
usando el semen que resbalaba para lubricar su prieto
agujerito.
Aunque ella no estaba aún totalmente
recuperada del orgasmo que acababa de sufrir, aquello hizo
que se le pusieran los vellos de punta y que un escalofrío
ascendiese por su médula espinal hasta su boca, de la que
salió un profundo gemido. Entonces pudo escuchar:
- Veo que a nuestra amiga le apetece
que nos ocupemos de su culito.
- Síiiiiiiiiiiii, me apetece
muchísimo -contestó ella, al tiempo que empezó a sentir como
un dedo empapado empezaba a penetrar por su retaguardia.
A ese dedo pronto le siguió otro.
Natalia se sorprendió de la facilidad con que se abrían paso
por su culo. Los dos dedos salieron, pero solo para volver a
entrar de nuevo unos segundos después, mojados de nuevo. En
pocos minutos su ojete ya estaba dilatado y lubricado.
- Creo que ya está a punto -dijo la
voz del tío que tan solícitos cuidados estaba dedicando a su
agujerito.
- Pues vamos a ello -respondió su
amigo.
Natalia quitó sus rodillas de la
taza, notándolas algo doloridas. Alargó sus manos hacia las
pollas de los chicos, notando que ya estaban de nuevo duras
como piedras. Desde luego aquellos tíos eran incansables,
pensó ella. El más bajito de los dos se sentó sobre la taza,
con la polla apuntando al techo, en una clara invitación de
lo que ella tenía que hacer. Natalia, siempre tan intuitiva
para cuestiones sexuales, se colocó frente a él, separó las
piernas, cogió aquel miembro con la mano, lo colocó en su
entrada y se fue dejando caer. De un golpe tuvo aquella
polla clavada hasta los huevos y empezó a cabalgar sobre
ella, con un ritmo lento y pausado, mientras sus manos se
agarraban al cuello del tío.
Entonces notó una mano que empujaba
su espalda. Ella se dejaba hacer, por lo que pegó su cara a
la cara del tipo que se la estaba metiendo por el coño. Sus
nalgas fueron separadas y algo duro se apoyó en su ano, bien
mojadito a causa del tratamiento anterior. Natalia se mordió
el labio inferior cuando sintió el empujón. Poco a poco su
culito cedió a aquella deliciosa presión y ella sintió
deslizarse aquella cosita dura por sus entrañas. En unos
pocos segundos tuvo tapados sus dos agujeritos y fue
entonces cuando ellos empezaron a moverse. La postura era
complicada y los movimientos, forzosamente, tenían que ser
lentos. El que estaba detrás la follaba lentamente por el
culo, al tiempo que el otro hacía que ella se moviese sobre
su polla. Aquel delicioso bocadillo se redondeó cuando unos
dedos malvados se cerraron sobre sus duros pezones, haciendo
que los ojos de ella se pusieran en blanco.
La respiración de Natalia se iba
acelerando, acompasada con unos gemidos de lo más sugerente.
Ellos seguían dando duro a sus abiertos agujeritos,
dispuestos a no dar tregua al cuerpo insaciable de aquella
chica. Ella estaba como loca, gimiendo, jadeando y chillando
por los efectos de aquella doble penetración tan deliciosa.
Al final, como era de prever, acabó estallando de gusto. Las
dos pollas que casi se juntaban en su interior era más de lo
que nadie podía soportar, así que relajó su cuerpo y se
entregó al placer, corriéndose en medio de un ruidoso
orgasmo. Quedó agotada, casi sin sentido y sus caballerosos
acompañantes la invitaron a sentarse sobre la taza, mientras
ellos meneaban sus pollas que apuntaban, ardientes, hacia la
cara de la chica.
No tardaron en correrse, llenando de
semen su boca, su cara y sus estupendas tetas. Natalia,
satisfecha de aquella sesión, pero aún caliente, se dio un
buen banquete de leche calentita, al tiempo que intentaba
que su pelo no fuese pringado por aquel torrente de esperma.
Cuando acabaron de soltar leche, la lengua de Natalia limpió
solícita aquellas dos pollas. Acto seguido se subieron los
pantalones y se dispusieron a irse.
- Te dejamos que te limpies un poco,
te hace falta -comentó el bajito, el supuesto tímido.
- Sí, no me vendrá mal -respondió
ella, mientras trataba de quitarse algunas incómodas gotas
que habían caído cerca de sus ojos-. Mi ropa interior, por
favor.
- Te la daremos fuera, si no te
importa -terció el otro tío.
Natalia, con las tetas al aire, la
boca aún con restos de semen y la cara y las tetas
pringadas, no estaba en condiciones de discutir. Así que no
dijo nada cuando ellos se fueron y se dirigió a uno de los
lavabos. El servicio de chicas seguía desierto, tal vez lo
había estado durante todo el tiempo que duró aquel
improvisado e intenso polvo a tres bandas. Se lavó con
tranquilidad, ayudándose de las toallitas de papel, que
aquel servicio, a diferencia de los servicios de la mayoría
de los bares, tenía en abundancia. Se esmeró en colocarse
bien la ropa: la faldita no tenía arrugas y el top era lo
suficientemente ajustado como para que no se notase que iba
sin sujetador. Con los dedos se retocó el pelo. El espejo
reflejaba su imagen, más que aceptable, casi la misma imagen
que tenía cuando entraron en aquel servicio. La única
variación eran los dos coloretes que había en sus mejillas,
fruto indudable de la intensa sesión física que se acababa
de desarrollar allí dentro.
Volvió al pub con ademanes decididos
y con la clara intención de reclamar sus prendas íntimas a
aquellos dos que tan bien se la acababan de follar. Pero ya
no estaban allí. Habían desaparecido y, evidentemente, iba a
ser imposible encontrarlos. Natalia dio por perdidos su suje
y su tanguita, ante el hecho consumado de que aquellos dos
pájaros habían decidido quedárselos como trofeo de aquel
encuentro. Aunque había pocas cosas que pudiesen sorprender
a aquella chica, en realidad lo que acababa de ocurrir era
increíble: se la habían follado dos tíos, a los que no
conocía de nada y que ni siquiera le habían dicho como se
llamaban.
El que si seguía en el pub era su
amigo Javi. Clavó los ojos sobre ella nada más que la vio
salir del servicio y la siguió con una mirada penetrante.
Ella recogió su chaqueta de cuero de la silla en la que la
había dejado, se sentó en la barra, en uno de los taburetes
altos que allí había, pidió otro whisky y, entre trago y
trago, se dedicó a mirar hacia el cuarteto que se sentaba en
aquella mesa. Lo cierto es que había poca gente en aquel
sitio, incluso menos de la que había media hora antes.
Carmen la miró durante un segundo,
pero pronto apartó su mirada, con una evidente expresión de
incomodidad. Javi, en cambio, no apartó la mirada de su
cuerpo. No cabía duda que un tipo inteligente y perspicaz
como él, buen conocedor de la fogosidad de ella, sabía de
sobra lo que había pasado dentro de aquel servicio. En un
momento dado los ojos de él adoptaron una expresión de
disculpa, como reconociendo su derrota en aquel juego
peligroso en el que ambos habían entrado. Natalia se lo
agradeció con una amplia sonrisa, al tiempo que cruzaba sus
piernas y alzaba ligeramente su faldita.
La expresión de sorpresa que se
dibujó en la cara de él dio a entender, bien a las claras,
que se dio cuenta que ella iba sin bragas. Natalia, sin
dejar de sonreír a su amante, subió dos centímetros más su
falda. En realidad había hecho un buen negocio aquella
noche. A cambio de su conjunto de ropa interior
(evidentemente iba a ser su amante quien le comprase otro)
había obtenido tres orgasmos intensos y había conseguido dar
una buena dosis de su propia medicina a aquel hombre
maravilloso. A partir de ese día, él supo que con aquella
chica morena y atractiva no se jugaba. Salvo que se quisiera
perder, claro está.
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