Por la mañana, a primera hora,
recorríamos el duro y difícil camino hasta el mar,
vereda abajo. Nos llevaba alrededor de una hora de lento
esfuerzo por senderos de picón negro, pisando rocas y
traicioneras zarzas, por entre palmeras canarias, hacia
las aldeas de los pescadores..
Todos los días bajaba a la cala,
donde el mar penetraba en una pequeña bahía redonda de
tal transparencia, que podía sumergirme hasta el fondo y
ver bancos de peces e insólitas plantas acuáticas.
Los pescadores me contaron una
extraña historia. Las mujeres gomeras eran muy
inaccesibles, puritanas y religiosas. Cuando se bañaban
llevaban anticuados trajes de largas faldas y medias
negras.
La mayor parte de ellas no creía
en absoluto en las virtudes del baño y lo dejaban para
las desvergonzadas veraneantes extranjeras. También los
pescadores condenaban los modernos bañadores y la
conducta obscena de los veraneantes de fuera de la Isla.
Decían de ellas que eran nudistas, que esperaban la
menor oportunidad para desvestirse por completo y
echarse al sol desnudas como paganas. También miraban
con desaprobación los baños de medianoche introducidos
por los europeos que allí veraneaban.
Una noche, hace varios años, la
hija de un pescador, de 18 años, caminaba a la orilla
del mar, brincando de roca en roca, con su vestido
blanco ceñido al cuerpo. Paseando así, soñando y
contemplando los efectos de la luna sobre el mar, con el
suave chapaleo de las olas a sus pies, llegó a una
recoleta cala donde se dio cuenta de que alguien estaba
bañándose. Sólo podía ver una cabeza que se movía y, de
vez en cuando, un brazo. El bañista se encontraba muy
alejado. La joven oyó entonces una voz alegre que la
llamaba:
- Ven y báñate. Es maravilloso.
-Estas palabras fueron pronunciadas en español, con
acento extranjero. - - La voz la llamó-: ¡Eh, Irian!
-Era alguien que la conocía. Debía de tratarse de una de
las jóvenes europeas que se bañaban allí durante el día.
- - - ¿Quién eres? -preguntó
Irian.
- - - Soy Martha. ¡Ven y báñate
conmigo!
- - Era una tentación. Podía
despojarse fácilmente de su vestido blanco, y quedarse
en camisa. Miró a su alrededor. No había nadie. El mar
estaba en calma, manchado de luz de luna. Por primera
vez, Irian compartió la afición de las extranjeras por
el baño de medianoche. Se quitó el vestido. Tenía el
cabello largo y negro, cara pálida y ojos rasgados y
verdes, más verdes que el mar. Estaba bien formada, como
las canarias, de pechos erguidos, largas piernas y
cuerpo estilizado. Sabía nadar mejor que cualquier otra
mujer de la isla. Se deslizó en el agua e inició sus
largas y ágiles brazadas en dirección a Martha. Martha
buceó, salió a flote y la agarró por las piernas.
Estuvieron jugando dentro del agua. La semioscuridad y
el gorro de baño de Martha hacían difícil ver su cara.
Las mujeres europeas tenían voces como de hombre.
- - Martha forcejeó con Irian y
la abrazó bajo el agua. Ascendieron para respirar
riendo, y nadaron indolentemente, separándose y
volviéndose a reunir. La camisa de Irian flotaba en
torno a sus hombros y estorbaba sus movimientos, hasta
que se desprendió de ella e Irian quedó desnuda. Martha
se sumergió y la tocó jugando, forcejeando con ella y
buceando por debajo y por entre sus piernas.
- - También Martha separó sus
piernas para que su amiga pudiera bucear entre ellas y
reaparecer por el otro lado. Flotando, dejó que Irian
pasara bajo su arqueado trasero.
- - Irian advirtió que también
Martha estaba desnuda. De pronto, sintió que ésta la
abrazaba por detrás, cubriendo todo su cuerpo con el
suyo propio. El agua estaba tibia, como un lujuriante
almohadón, tan salada que las llevaba, ayudándolas a
flotar y a nadar sin esfuerzo.
- - - Eres hermosa, Irian -dijo
la profunda voz, y Martha mantuvo sus brazos en torno a
la muchacha. Irian quiso alejarse flotando, pero la
retenían la calidez del agua y el roce constante con el
cuerpo de su amiga. Se relajó, aceptando el abrazo. No
sintió los pechos de Martha, pero recordó que había
visto mujeres europeas que no los tenían. El cuerpo de
Irian languidecía y quiso cerrar los ojos.
- - De pronto, lo que sintió
entre las piernas no era una mano, sino otra cosa, algo
tan inesperado y turbador que gritó. No era Martha, era
un hombre, el hermano menor de Martha, que acababa de
deslizar su pene erecto entre las piernas de Irian. Ésta
chillaba, pero nadie la oyó, y su grito fue sólo una
reacción que le habían enseñado a esperar de sí misma.
En realidad, el abrazo le pareció tan arrullador, cálido
y placentero como la misma agua. El mar, el miembro y
las manos conspiraron para despertar su cuerpo. Trató de
alejarse nadando, pero el muchacho nadó bajo ella, la
acarició, le agarró las piernas y la atrapó de nuevo por
detrás.
- - Forcejearon en el agua pero
cada movimiento la afectaba más, hacía que notara más el
otro cuerpo contra el suyo y las manos sobre ella. El
agua hacía que sus senos se balancearan adelante y atrás
como nenúfares flotando. Él se los besó. Con el
constante movimiento, no podía tomarla, pero su miembro
tocaba una y otra vez el punto más vulnerable de su
sexo, e Irian sentía como se desvanecían sus fuerzas.
Nadó hacia la orilla, y él la siguió. Cayeron sobre la
arena. Las olas seguían lamiéndoles mientras jadeaban,
desnudos. Entonces el hombre tomó a la mujer, y el mar
llegó hasta ellos y lavó la sangre virginal.
- - A partir de aquella noche se
encontraron a la misma hora. La poseyó en el agua,
bamboleándose y flotando. Los movimientos de sus cuerpos
gozosos al compás del oleaje parecían formar parte del
mar. Encontraron un repecho en una roca, y allí
permanecieron juntos, acariciados por las olas y
estremeciéndose en el orgasmo.
- - Cuando iba a la playa de
noche me parecía verlos, nadando juntos, haciendo el
amor.