Mi primera experiencia sexual fue
sin duda la mejor que he tenido hasta ahora. Yo salía
desde hace 3 meses con una chica de mi clase llamada
Begoña. Me gustaba desde hacia tiempo y nunca me había
atrevido a pedirla que saliese conmigo, pero unos amigos
la preguntaron si yo le gustaba y les dijo que sí, así
que me armé de valor y le pedí salir.
El primer mes con ella fue el más
feliz de mi vida, ya que estaba saliendo con la chica de
mis sueños. Pero a partir del segundo mes las cosas
empezaron a torcerse, puesto que yo estaba con las
hormonas muy alteradas y ella no me dejaba dar ningún
paso. Incluso besarnos me costaba. Había descubierto que
mi chica era una estrecha y me moría de envidia con lo
que me contaban mis amigos, que incluso habían tocado
las tetas a sus novias o las habían metido mano o les
habían masturbado o se las habían tirado...
Y Bego lo que había hecho fue
presentarme a sus padres... ¡Qué corte! Y a su hermana
mayor, Inés... ¡Qué tía! Me quedé boquiabierto cuando la
vi... Y era opuesta a Bego, tanto físicamente como en la
manera de vestir. Si mi Bego siempre vestía pantalones y
blusa abotonada hasta arriba, Inés rompía con sus
minifaldas y camisetas ajustadas... Parecía mayor de los
19 años que tenía. Inés era un poco más alta y más
morena (rayos UVA, me dijo); ambas eran muy monas de
cara, pero de distinto modo; Bego de una belleza más
angelical, como de no haber roto nunca un plato; Inés
era más perversa... Bego tenía el pelo oscuro e Inés
castaño claro.
Debí de mirarla más fijamente de
la cuenta, porque cuando tuvo la oportunidad me dijo que
era un salido... Me puse rojo como un tomate y empalmado
como nunca... Ella se fijó y le dijo pícaramente a su
hermana que me diese más ejercicio... Bego ni se
enteró...
Si estar con los padres de Bego
era un corte tremendo, al menos tenía la satisfacción de
contemplar a Inés, que sabía que me gustaba y se hacía
la insinuante y sensual. Una vez dejó abierta la puerta
de su cuarto y se cambió de camiseta. Vi de perfil su
abultado sujetador negro y me quedé con las ganas de
más, porque cerró la puerta.
Siempre que podía, intentaba
dejarme en ridículo o a Begoña. A ella la llamaba
monjita y se burlaba de lo malo que me tenía. A mí me
decía que la tenía que alegrar el cuerpo, que me
lanzase. Pero Bego me paraba los pies de todas las
formas...
Hasta que llegó el día señalado.
Los padres de Begoña habían salido de viaje y estábamos
haciendo los deberes Bego y yo. Apareció Inés de
improviso y exclamó que creía que estábamos jodiendo y
que quería pillarnos. A Begoña le avergonzaba el
vocabulario de su hermana y a mí me ponía... Inés ni se
inmutaba cuando Bego le decía que se fuera. Al
contrario, se sentó en la cama, cruzándose de piernas,
piernas a las que no quitaba ojo...
- Bueno, ¿pero vosotros de qué
vais? ¿Os quedáis solos y no os metéis mano? Bego, hija,
que éste (se dirigía a mí) está salidito el pobre. Como
no le des algo que le alegre, te va a dejar... Y tú ya
va siendo hora de que pruebes cosas interesantes...
Inés no hacía caso de las
protestas de su hermana. Yo callaba y, silenciosamente,
me ponía en el lado de Inés, claro. Mi polla se puso
como una piedra cuando oí que ella decía lo siguiente:
- O le enseñas las tetas o se las
enseño yo, ya te vale la tontería. No quiero que siga
sufriendo este capullo.
Inés respondió a las quejas de
Begoña despojándose de su camiseta, quedándose en
sujetador. Otra vez negro, de encaje, precioso,
enorme... Cuando se llevó las manos al tirante, Begoña
gritó y dijo que de acuerdo... ¡Empezó a desabrocharse
la blusa! Lo hacía lentamente, mirando el suelo. Su
sostén era blanco y me sorprendió el tamaño de sus
pechos, blancos como la nieve y más grandes de lo que
esperaba, aunque sin llegar a los de Inés, la cual
amenazó de nuevo con quitarse el suyo al ver que ella
paraba. Bego se llevó la mano a la espalda y el
sujetador cayó al suelo... Unos pechos separados, de
pezones enrojecidos y pequeños... Las primeras tetas que
veía...
- Ahora el coño.
Begoña, con la mirada emborronada
por las lágrimas, se negó con la cabeza. Inés se bajó la
cremallera y deslizó su mini por las caderas y sus
largos muslos. Un increíble tanga claro dejaba entrever
una línea depilada de ensueño. Sus manos en el borde del
tanga hicieron que Begoña reaccionara. Se desabrochó el
pantalón y se los bajó. Sus bragas eran blancas y
normales, pero también me excitaron mucho... Inés le
dijo que se las bajara y ella lo hizo, poco a poco. Una
maraña de pelos oscuros y ensortijados estaban cerca de
mí...
- ¿Y tú qué esperas para comerla
el coño?
Sus deseos son órdenes, pensé. Me
acerqué a ella y le acaricié las piernas. La senté en la
cama y yo, de rodillas, inspiré el aroma que su sexo
desprendía. Tenía la piel de gallina y los pezones muy
duros. Mis primeros lengetazos fueron torpes e incluso
mojaron su pelambrera. Inés me fue guiando. Más abajo,
más abajo... Llegué a una zona encarnada. Como me dijo,
le separé los labios y le introduje mi lengua
endurecida. Ella se estremecía. Me preguntó Inés si
estaba mojada y yo asentí con la cabeza. "O sea que está
cachonda la perra...". Yo le limpié sus jugos y le saqué
y metí la lengua como Inés me indicaba. A Begoña parecía
gustarle, o eso indicaban sus gemidos. Me dijo que le
masturbara el clítoris. Me lo descubrió y se lo
acaricié. Poco a poco fue creciendo de tamaño, como
crecieron los gritos de mi novia. De pronto, una oleada
de flujos me inundó la boca. ¡Begoña se había corrido en
mi cara!
-Agradécele a tu novio la mamada.
Como hizo conmigo, Inés le fue
guiando los pasos. Así, me despojó lentamente de mis
pantalones y de mis bóxer. La propia Inés se sorprendió
con lo que se encontró Begoña. Hasta entonces no supe
que mi verga tenía un tamaño considerable. 20 de largo y
6 de ancho, centímetro más, centímetro menos... Un
goterón enorme pendió de mi falo. Inés puso la mano y le
instó a su hermana a que lo absorbiera. Fue subiendo
hasta mi pene. Echó la piel para atrás y mi cabeza roja
se mostró en su esplendor, saturada de líquido. Mi
viciosa novia se ocupó de limpiarme. Poco a poco, sus
mamadas se fueron haciendo más expertas gracias a su
hermana. Me quedaba muy poco para correrme, sobre todo
cuando Inés me besó a conciencia, con su lengua
recorriendo mi boca y su mano presionando mis huevos.
Aproveché que Begoña estaba ocupada con mi herramienta
para despojar a Inés de su sostén. Unos hermosos pezones
sonrosados y de amplias aureolas desaparecieron ante mis
manos. De repente se separó de mí y le dijo a Begoña que
se apartara un poco. Su experta mano comenzó a
sacudírmela, cada vez con más rapidez, apuntando hacia
Begoña. Un chorro enorme acabó en su boca; los sucesivos
chorros los fue dirigiendo a sus pechos y pelo. Me
susurraba al oído que estaba bien repleto...
Me dijo que limpiara a su hermana
con la lengua y yo la obedecí. Yo estaba tumbado sobre
Begoña, que también obedeció a la orden de limpiar mi
verga. Nos había enseñado a hacer un 69. Me fijé en que
Inés se estaba masturbando frenéticamente, sobre todo al
ver que estaba de nuevo empalmado como antes.
-Ahora desvírgala, cabrón.
Fóllatela.
Me levanté y me di la vuelta. Me
tumbé sobre ella y se la metí hasta el fondo. Noté que
algo se rompía dentro de Begoña, pero estaba demasiado
excitado como para preocuparme. Además sus gritos de
dolor pronto se convirtieron en espasmos de placer y me
pedía que siguiera, y más y más y más, y le encantaba
cuando le apretaba sus pechos... Aunque tardé algo más,
me corrí pronto. Me aparté y me tumbé boca arriba,
exhausto y feliz. Sentí a Begoña acariciarse los pechos
y mover las piernas para disfrutar de mi leche. Pero me
sorprendió una boca, paladeando los restos que habían
quedado.
Me incorporé un poco y vi a Inés
sentada a horcajadas sobre mí. Ahí estaba ese precioso
coño depilado... Sólo esta visión me excitó y volví a
tener otra erección. Inés se sentó sobre mí y empezó a
cabalgarme. Cuando pude levantar mi espalda de la cama
besé y mordí esas tetas de diosa. Cuando estaba cerca de
otro orgasmo, se levantó y se dio la vuelta y empezó a
sentarse sobre su ano. Le pidió a su hermana que la
lubricase. Y Begoña le lamía el ojete y se metía el dedo
en su vagina y lo sacaba y lo metía en el ano de Inés.
Después de varios intentos, acabó de enterrarse mi
verga. Me faltaba muy poco con ese ardor y esa presión y
esa visión de Begoña mamando a su hermana y besándola...
La tarde no acabó ahí. Creía que
ya no volvería a levantárseme, pero una nueva idea de
Inés me sacó de mi error. Ver y ayudar a depilar el
pubis de Begoña por completo me volvió a ponerme
cachondo. Las dos hermanas se pusieron a cuatro patas y
alterné el culo de una y la vagina por detrás de la
otra. Y me corrí en sus espaldas...
Desde entonces se acabó la
recatada Begoña y siempre que podíamos follábamos.
Tomando más precauciones y sin llegar a la fantástica
primera vez, pero siempre disfrutando como cabrones. E
Inés tampoco se privó de mi polla y siempre que podía me
hacía alguna visita. El trío no se volvió a repetir
porque Begoña se negó. Ya no salimos juntos; ambos nos
pusimos los cuernos con terceros. Cada uno tiene su
respectiva pareja formal, aunque cuando nos vemos
volvemos a caer a la cama. E Inés no me niega las
visitas a su casa, pese a que está casada y con una
barriga de 6 meses...