- Quiero metértela.- dije
acariciando sus deliciosas piernas. - Yo tambien
quiero.- contestó abriendo más sus piernas y
ofreciéndome su virginidad. Por instinto, fui buscando
la entrada de su cuevita hasta conseguir dar con el
sitio, ayudado por la mano de Silvia, quien me decía que
ya estaba en el lugar indicado. Sosteniendo mi verga fui
empujando hasta ver como el glande se hundía ante la
expresión de dolor en la cara de mi enamorada.
Lentamente iba penetrando más en su interior caliente y
húmedo, la sensación que me producía era indescriptible,
sólo sabía que era lo más delicioso que hubiera probado
hasta ese día.
Todo comenzó cuando éramos
amigos, yo me llamo Juan y tengo 20 años esto paso
cuando teníamos 17 y ella tenia 15 años, bueno éramos
amigos del colegio y siempre éramos muy cercanos
conversábamos de todo un poco hasta poco a poco nos
comenzamos a enamorar y luego estuvimos como enamorados
y nos pasábamos todo el dia besándonos y acariciándonos.
Un dia que ella me invita a su
casa me doy con la sorpresa que no había nadie y ella me
comenzó a explicar que sus mamà trabajaba todo el dia y
que su padre estaba de viaje y ella se quedaba sola con
sus hermanas( una de 15y la otra de 9 años), luego ella
me hizo subir a su cuarto donde nos sentábamos a
conversar, y luego nos besamos con mucha fuerza ella se
hecho a la cama y yo me puse encima de ella , ella s
molesto un poco y me dijo que nop hiciera nada que era
virgen y lo dejamos hay ese dia.
Un dia Mientras escuchábamos
música en su cuarto y nos besábamos, sus hermanas veían
televisión en la sala, de igual manera pasaba cuando
íbamos a mi casa aunque claro siempre a escondidas y
atentos a los pasos de mi madre, cuando se acercaba a mi
cuarto. Así fue que se desarrollaba el verano, con la
naturalidad del amor inocente de dos adolescentes. Fue
un día que escondidos en el patio de mi casa, besándonos
para variar, sentí el roce de su pierna con la mía, lo
cual me produjo una semi erección, no dije nada y
continué con los besos, probando la lengua rica y
sabrosa de Silvia. Ella portaba un vestido que le
llegaba hasta las rodillas y yo, pues tenía una bermuda
y un polo. La calentura que sentía en el cuerpo se me
subió a las mejillas y pensé que ella se daría cuenta,
aunque eso no me detuvo.
- Oye, Silvia, siéntate en mis
piernas.- susurré suplicando.
- ¿Por qué?- preguntó curiosa
pero no molesta.
- Si te molesta no lo hagas.-
contesté dije tanteando.
- No hay problema juan sólo te
preguntaba.- replicó mientras se sentaba sobre mis
piernas.
Luego de un rato ella pregunto:
¿Qué te pasó?- preguntó
moviéndose y ver mi inmenso bulto.
- No nada.- contesté riendo
nervioso.
- Mentiroso, mira cómo la
tienes.- dijo señalando.
- ¿Cómo tengo qué?- pregunté
inocente.
- El pene pues, ¿qué más?-
contestó.
- No te gusta, ¿verdad?- pregunté
resignado.
- Yo no dije eso.- contestó de lo
más natural.
- Ah, ya decía yo.- dije. Bueno,
mejor lo dejamos así.
Ella se quedó muda y tan sólo me
miraba el bulto que aún se mostraba demasiado grande.
- Y, tú, ¿cómo la tienes?-
preguntó con una mirada extraña.
- Qué Chismosa eres.- contesté
riendo.
- Ja,ja,ja, si no quieres
mostrarme...- dijo tentándome.
- Ya, está bien, sí te muestro.-
dije.
Nos fuímos a la cocina y ver si
estaba mi madre. Nada, estábamos solos pero tal vez no
por mucho tiempo, así que raudos nos dirigímos a mi
cuarto. Dejé la puerta abierta para escuchar con más
facilidad el regreso de mi mamá. Ella se sentó sobre mi
cama, y sin demora, la saqué cuan larga y gorda era, sus
ojos se agrandaron del asombro y sonrió contenta.
- Sí está grande.- dijo sin dejar
de mirar.
- ¿Así –dije espontáneamente.
Luego que sucediera eso me empezó
a acariciar mi verga todo el tiempo cuando nos veíamos.
Un día estando en casa, mi madre
se fue al mercado a realizar sus compras, y nosotros nos
encerramos rápido en el cuarto. Nuestras ropas volaron
por todas partes y ambos disfrutábamos de un delicioso
69. De lo caliente que estaba no deseaba por nada del
mundo dársela en la boca, yo ansiaba algo más. Sin decir
nada, me levanté y la eché abriéndola de piernas, con
fruición frotaba la cabeza del glande en toda su
conchita, jugando con sus labios vaginales mojados por
sus jugos.
- Quiero metértela.- dije
acariciando sus deliciosas piernas.
- Yo también quiero.- contestó
abriendo más sus piernas y ofreciéndome su virginidad.
Por instinto, fui buscando la
entrada de su cuevita hasta conseguir dar con el sitio,
ayudado por la mano de Silvia, quien me decía que ya
estaba en el lugar indicado. Sosteniendo mi verga fui
empujando hasta ver como el glande morado y gigantesco
se hundía ante la expresión de dolor en la cara de mi
enamorada. Lentamente iba penetrando más en su interior
caliente y húmedo, la sensación que me producía era
indescriptible, sólo sabía que era lo más delicioso que
hubiera probado hasta ese día.
Claramente veía como mi verga se
perdía hasta poco más de la mitad en su cavidad, ella
soltaba gritos a cada avance mío y me decía que me
detuviera, yo hacía caso pues no deseaba hacerle daño.
Pero sí estaba seguro de que no tenía ganas de
sacársela, me gustaba mucho la opresión que su vagina
virgen le daba a mi pene. Una vez que se fue
acostumbrando al tamaño y grosor que la invadía, seguí
deslizando mi animalote hasta sentir que no entraba más
o que algo lo obstruía. Como aún tenía gran parte de
verga por meter, decidí continuar y forzarla hasta
enterrársela por completo. Con embestidas desbocadas,
empezaba a romper ese óbice, los gritos de ella no se
dejaron esperar.
Me duele, juan, detente, algo se
me ha roto.- gritaba llorando Silvia.
- Pero, yo no siento nada.-
contesté con la verga casi incrustada por entero en su
chuchita. Si aún no te la meto toda.
- ¿Aún falta?- preguntó asustada
por lo que aún le esperaba. No, ya no, la tienes muy
grande.
- Entonces, me quedo quieto.-
dije suplicante. Se siente tan rico que no te la quiero
sacar.
- Ya pero no la metas más
adentro, porque duele mucho.- dijo dándome permiso.
Cumpliendo a cabalidad su pedido
yo sostenía sus piernas mientras observaba mi gran verga
hundida en su vaginita, después de esto nada sería igual
para nosotros. Mis rodillas me dolían al no estar tan
acostumbrado a esa posición y por instinto me eché
encima de ella apoyándome en mis brazos. Al hacer esto
una gran parte de mi animalote, aproximadamente unos 10
a 11 centímetros, salió de su conchita dilatada.
Acomodándome sobre ella, procedí a recobrar esos
centímetros perdidos, no sin la consabida queja de su
parte. Volver a entrar me produjo un escalofrío sabroso
por la espalda, extrañamente volvía a retirar mi verga
de su orificio, y otra vez penetrar y recobrar lo ganado
anteriormente.
Silvia dejaba que yo hiciera en
su chuchita, y se quejaba bajito, con mis arremetidas.
Mis movimientos se fueron haciendo mucho más rápidos y
violentos, y mi cuerpo no deseaba detenerse a pesar de
los nuevos gritos cada vez más desaforados de mi
enamoradita linda. Sus fluidos se deslizaban por su ano
y mis huevos al chocar con este provocaban un chasquido
extraño. El tiempo nos era ajeno pero sabíamos que no
podíamos estar así para siempre.
- ¡Qué rico se siente, Silvia!-
dije arremetiendo furioso por el placer que disfrutaba.
- A mí también me esta gustando
aunque aún me duele algo.- contestó cerrando los ojos
cuando sentía dolor.
En ese momento estaba tan
excitado que me olvide que todavía me faltaba una
pequeña parte de mi verga y entonces remetí con fuerza
hasta al fondo.
Me duele, juan, detente, me duele
mucho ah….yyy, no por favor.- gritaba llorando Silvia.
Mientras que yo seguí
arremetiendo con fuerza estaba tan excitado que no podía
hacerle caso y quería partirla en dos.
- Ah… asi te gusta no?, que bien
se siente- le decía mientras daba unas envestidas que
sonaban por toda la habitacion .
Y luego de un momento se quedo
callada y no me decia nada yo segui arremetiendo
intentado meterle todo lo que podia. Luego de un momento
ella me dice:
A mí también me esta gustando
aunque aún me duele algo.- contestó cerrando los ojos
cuando sentía dolor.
Asi te voy a hacerlo mas fuerte-
Dije mientras envestía mas y mas.
Si mas fuerte y mas rápido
parteme en dos decía-Mientras jadeaba y corrían lagrimas
en su cara
- Ya voy a eyacular.- dije
tratando de aguantar mi corrida al máximo.
- Sácamela, juan, porque me
puedes embarazar.- contestó empujándome para salir de
ella.
- ¡Yaaaaaaa!- grité retirando a
tiempo mi verga y soltando una abundante cantidad de
esperma mezclada con sangre que cayó sobre su vientre y
parte de sus vellos púbicos.
Con una mano apretaba mi animal
tratando de sacar hasta la última gota de leche que fue
a parar sobre su pierna derecha. Para no embarrarme me
acosté al lado de ella totalmente exhausto y con las
piernas tan cansadas como si hubiera jugado un partido
de futbol. Ambos tratábamos de recobrar el aliento
después de experimentar nuestra primera vez. Ella miraba
la enorme cantidad de leche que le deposité y que al
moverse se deslizó por un lado ensuciando mi sábana.
- Mira hay sangre.- dijo
señalando los coágulos. Ya ves que se me había roto
algo.
- Ya veo, pero no pensé que fuera
así.- contesté sorprendido. Pero ya no te sale, ¿cierto?
- No, ya no me sale, que raro.-
respondió dubitativa.
- Y, ¿ya no te duele?- pregunté
curioso por los gritos que le escuché proferir.
- No, ya no me duele mucho.-
dijo. Sólo un poco.
- Que bueno, Sandra.- dije más
tranquilo.
- Pero, sí que ha sido algo muy
lindo.- dijo sonriendo.
- Sí, no pensé que fuera así.-
dije agarrándome la verga.
Ambos reímos al escuchar mi
sincera confesión y nos besamos. Al saber que mi madre
regresaría en cualquier momento, ayudé a limpiar a
Silvia y nos vestimos rapido. Y tomados de la mano
salimos a caminar por las calles, sabiendo que éramos
hombre y mujer, y que no importaba dónde ni cómo, de
seguro lo volveríamos a repetir y haci lo hicmos cada
fin de semana.