A mis dieciocho años, soy la
envidia de todas las chicas de mi edad. Soy popular,
saco buenas notas y tengo un físico estupendo. Soy
pelirroja, alta, delgada y mientras mis compañeras de
clase usan sujetadores de una discreta talla 80, yo me
permito utilizar la 95. Los chicos babean por mí, y las
chicas quieren ser mis amigas. Pero no por ello, me he
vuelto una niñata consentida, tengo los pies en la
tierra y sé que si me lo propongo, puedo conseguir
muchas cosas. Es por ello, que no caigo en la soez del
ligoteo. Mientras mis amigas disfrutan morreándose y
metiéndose mano en un banco del parque con el primer
adolescente pajillero que pillan, yo me lo monto mejor.
Hasta ahora, me he enrollado con muy pocos chicos, pero
todos ellos estaban buenísimos, y todos ellos rondaban
la mayoría de edad. Para nosotras, ligar con un chico
así es un auténtico triunfo, en tu grupo de amigas, te
pueden llegar idolatrar por algo así. Todo ello son
prototipos que rodean al mundo adolescente, esa es la
realidad a nuestra edad, y mí, consciente de ello, me
gusta exprimirlo al máximo.
A mis dieciocho años, soy la
envidia de todas las chicas de mi edad. Soy popular,
saco buenas notas y tengo un físico estupendo. Soy
pelirroja, alta, delgada y mientras mis compañeras de
clase usan sujetadores de una discreta talla 80, yo me
permito utilizar la 95. Los chicos babean por mí, y las
chicas quieren ser mis amigas. Pero no por ello, me he
vuelto una niñata consentida, tengo los pies en la
tierra y sé que si me lo propongo, puedo conseguir
muchas cosas.
Es por ello, que no caigo en la
soez del ligoteo. Mientras mis amigas disfrutan
morreándose y metiéndose mano en un banco del parque con
el primer adolescente pajillero que pillan, yo me lo
monto mejor. Hasta ahora, me he enrollado con muy pocos
chicos, pero todos ellos estaban buenísimos, y todos
ellos rondaban la mayoría de edad. Para nosotras, ligar
con un chico así es un auténtico triunfo, en tu grupo de
amigas, te pueden llegar idolatrar por algo así. Todo
ello son prototipos que rodean al mundo adolescente, esa
es la realidad a nuestra edad, y mí, consciente de ello,
me gusta exprimirlo al máximo.
Pero no por ello soy una putita,
que nadie se confunda conmigo. Yo no necesito ir
maquillada para llamar la atención. No me gusta
exagerar. Si me pongo una minifalda, no me verás con un
escote, o si llevo escote, lo combino con un pantalón.
Todo en su justa medida. Aunque parezca una tontería eso
me distingue mucho del resto de mis amigas.
En el instituto, también destaco.
Mientras las chicas de mi panda se comportan mal en
clase y sacan malas notas, yo soy soy el consuelo de
muchos profesores. Pero ser popular tiene sus riesgos,
más de una vez hemos acabado todos en la oficina del
director por no delatar al compañero que cometió una
fechoría. Afortunadamente, el director es un señor
joven, de unos treinta y cinco años, al que se le ve
sensato, consciente de como y por qué actúa la juventud
de la manera en que nosotros actuamos a veces. La buena
fama que tengo ante los profesores, le ha hecho
comprender que yo, no hago más que encubrir a mis
amigos.
Pero para mi desgracia, su
sensatez, me hizo perder puntos. Una tarde de sábado,
quedé para ir al cine con un chaval con el que me había
enrollado. Un chico de diecinueve años con el que me
estuve magreando en la última fila del cine durante toda
la película. Ni siquiera cuando finalmente se
encendieron las luces de la sala, cesamos en nuestra
labor. No fueron las luces, sino unas palabras, las que
me hicieron parar: "Pensaba que eras distinta al resto
de tus compañeras". Allí apareció mi director, con una
mujer joven y elegante a su lado. Yo, no sabía donde
esconderme ante tan avergonzante situación, yo medio
desvestida, con el carmín de los labios corrido y con un
maromo tremendo a mi lado, acompañado por el casco de su
moto. Pero soy demasiado orgullosa para dejarme vencer,
y fue entonces cuando invadida por un arrebato de
valentía contesté "Si soy igual que las demás, hasta
ahora lo he disimulado muy bien. Reconoce que tú mismo
estabas engañado. Reconoce mi inteligencia". Se fue sin
mediar palabra.
Pero no tardé mucho en volver a
conversar con él. Al lunes siguiente, un amigo mío
rompió el cristal de una ventana con una piedra, y todos
nos acercamos a ver lo que había hecho. Sin embargo, al
acercase el director, el grupo se esparció y todos
salieron huyendo. Pero yo no. Cogí la piedra con la que
mi amigo había roto el cristal, y la puse entre mis
manos. Al verme en esa situación, él, me hizo
acompañarle a su despacho.
Era mi primera visita en
solitario a su oficina. Y eso, me permitió ver a una
persona distinta. Fuera de su papel de director, y más
en su papel de hombre. "¿Por qué te comportas como una
cría? Sé que no lo has hecho tú". Yo, le hice cómplice
de mi estrategia. Le hice saber que odio sentirme como
el resto de chicas. Me sinceré con él, le dije que por
suerte, era lo suficientemente inteligente como para
caer en las vulgaridades en que caen los demás y que
odiaba que se me rebajara a ese nivel, como él había
hecho el sábado. Mi argumento pareció convencerle, y
tuvimos lo que yo creo que fue, mi primera conversación
madura. Le expliqué que no tenía las mismas prioridades
que mis amigas, incluso le confesé que aún era virgen,
pero que sabía que estaba en una edad para disfrutar.
Aquella charla terminó amigablemente. Al salir de su
oficina, él me sonrió, me dió una palmadita en el
trasero, y me dijo que fuera una buena chica.
No sólo estaba satisfecha de
haberle convencido. Me sentí muy segura, no sé si el
hecho de verme en una situación así por primera vez me
pudo confundir, pero empecé a sentirme atraída por él.
¿Yo? ¿Fijándome en un profesor? ¡Peor! ¡En el mismísimo
director! ¿Como podía ser tan estúpida? No, no lo soy.
Decidí pasar a la acción. No quería que aquello se
quedara en una mera fantasía pueril.
Durante aquella semana, visité la
oficina del director todos los días. Siempre cometía
alguna gamberrada que me ayudaba a escaparme. Mis
compañeros, lejos de sorpenderse, seguían ignorando la
realidad de mis intenciones y se pensaban que
simplemente había cambiado a peor. Mi simpático
confidente, lejos de escandalizarse, comprendía mi
manera de actuar, me ofrecía una taza café y manteníamos
largas charlas. Al llegar el momento de despedirnos el
viernes, tras tantos días seguidos conversando, nos
pareció que iba a pasar mucho tiempo sin que nos
viéramos. Se despidió de mí dándome un beso en la
mejilla y diciendo "no seas mala".
Durante el fin de semana no pensé
en otra cosa que no fuera él. Mi sexualidad, por fin
parecía despertar. La comprensión que él me había
ofrecido, había dado paso al deseo. Me imaginaba junto a
él, dándonos placer mutuamente y haciendo cosas, que ni
tan siquiera había visto en ninguna película. Era una
situación insólita para mí, me pasé el fin de semana
encerrada en mi cuarto, soñando con él en silencio, pero
temiendo que el simple hecho de pensar en él, pudiera
hacer ruido y se descubrieran mis perversas intenciones.
Me sentía enloquecer.
Fue en ese estado como volví el
lunes al instituto. temiendo que mis compañeros,
pudieran ver reflejado en la cara lo que sentía. Me
sentía tan avergonzada, que aquel lunes, no hice ningún
mérito que me llevara a su despacho, ahora tenía miedo
de ser descubierta.
Pero el reencuentro era
inevitable. Al no ir yo el lunes a su despacho, él mismo
me hizo llamar a su despacho el martes, a primera hora
de la mañana. Cuando me dijeron que tenía que ir a ver
al director, se me desencajó el rostro. Tenía tanto
miedo de que alguien notara algo, que agaché la cabeza y
salí de clase lo más deprisa que pude para qued nadie me
viera.
Allí estaba él. Tenía una taza de
café preparada para mí, y me hizo sentarme. Me miró
fijamente y me preguntó, por qué no había ido a
visitarle el día anterior, y yo, le contesté con un
silencio. Me lo volvió preguntar nuevamente, su mirada
era cada vez más y más intensa, ambos estábamos
callados, pero nuestras emociones nos hacían emitir
leves gemidos imposibles de callar... yo, no sabía como
responder, así que repentinamente, opté por tirarme la
tafa de café encima de la blusa. Comencé a desabrocharme
la blusa delante de él. Él, se volvió, y comenzó a
caminar de un lado a otro del despacho, de espaldas a
mí, hasta que ambos nos quedamos quietos. Empezaba a
arrepentirme de mi atrevido gesto, y me disponía a
abrocharme la blusa nuevamente, cuando él, fue a cerrar
la puerta con llave y luego, se acercó a mí por detrás.
Comenzó a besarme suavemente el
cuello. Supe entonces, que aquello llegaría hasta el
final, y el hecho de imaginarlo, me hizo reír. Bajó su
mano hasta mis pechos, acariciándolos primero por
fuera... me sentía tan a agusto en esa situación, que yo
misma tomé su mano y la introduje dentro de mi
sujetador. Aquellas manos desprendían un calor tan
placentero, que yo misma iba pidiendo cada vez más. La
sensación de sus dedos pellizcando mis pezones me hacía
explotar y era tan incontenible, que tuve que levantarme
de la silla.
Dándose cuenta de la excitación
que provocaba en mí, me tomó y me tumbó encima de su
mesa. Cerré los ojos para dejarme llevar, y fue entonces
cuando sentí unos cálidos lametones en mis pechos. Al
mordisquear mis pezones, fue cuando mi instinto
reaccionó y me hizo llevar mi mano instintivamente,
hacia la cremallera de su pantalón. La bajé, para
encontrarme por primera vez en mi vida con un miembro
viril erecto. Mi mano, sintió la atracción de un imán
ante aquel objeto, y el gesto, pareció gustar a mi
director, que se desabrochó su camisa y se colocó encima
de mí. Agarró fuerte mis nalgas mientras seguía
lamiéndome más y más los pechos y yo, contestaba
recíprocamente meneando su verga con intensidad. Él me
pedía que fuera cada vez más rápido, pero mi mano, no
daba más de sí. Entonces decidí bajarme de la mesa y que
él se pusiera de rodillas.
Había llegado hasta allí, era mi
primera vez, y no estaba dispuesta a quedarme sin
probarlo. Comencé a lamer aquel pene. La punta de mi
lengua jugueteaba con sus testículos, lo cual, parecía
excitarle más aún. Seguí dando lengüetazos de arriba a
abajo, y jugando con su prepucio, hasta introducirlo
definitivamente en mi boca. Succioné como pude aquel
elemento tan inmenso mientas miraba hacia arriba y
observaba en su cara un desgarrador gesto de placer.
Entonces, me apartó, y me hizo
tumbarme nuevamente en la mesa. Introdujo su pene en mí.
Fue una impresión fulminante. Como si una barra de
hierro, repentinamente, se fundiera en mi interior. Sus
suaves y delicados movimientos, dieron paso a un ritmo
más acelerado que yo misma empecé a marcar en mi avidez
por alcanzar el clímax. Yo, mordía desgarradamente sus
pezones con la intención de hacerle enloquecer, agarraba
fuerte sus nalgas para empujarle a que se introdujera
más y más en mí. Cuando estábamos ambos al borde del
orgasmo, hubo una repentina y fugaz pausa, que dio lugar
al remate final fuera de control aumentamos la velocidad
todavía más hasta que los dos, por fin estallamos de
placer.
Estando yo extasiada y agotada,
me miró con una sonrisa picarona. Él, tenía ganas de
más. Me dio la vuelta y me tumbó boca abajo. Estaba
exhausta, pero quería probarlo todo, y aquella posición,
era muy cómoda para mí. Lamió suavemente la entrada de
mi ano mientras llenaba de caricias mis glúteos.
Introdujo la punta de su pene y tras asegurarse de que
no me causaba ninguna molestia, terminó de penetrar mi
ano. Resultaba un poco doloroso, pero me encantaba
sentirme poseída en aquella postura. Fue subiendo el
ritmo progresivamente y me agarró del pelo mientras
decía "te voy a follar bien follada, pelirroja". Fue un
gesto sorprendente, en alguien que hasta entonces, me
había tratado con infinito respeto... pero lo que tuvo
de sorprendente, lo tuvo de excitante y me hizo gemir
una vez más. Mis gemidos, ayudaron a aumentar su
excitación, hasta que finalmente, eyaculó dentro de mi
culo.
Cuando todo terminó. Me ayudó a
vestirme y se preocupó de que todo estuviera bien. Me
trató con la misma confianza con la que me había tratado
los días anteriores. Al salir de su oficina, sentía que
me había quitado una enorme carga de encima, y no me
refiero a la virginidad, sino a esa sensación de deseo
incontenible que me hacía avergonzarme ante los demás.
Me sentía desfogada, ya no tenía nada que contener, y
eso me hacía volver a la cómoda situación en la que
estaba antes de mi despertar.
Es por ello que me considero
afortunada. La mayoría de los adolescentes, tienen que
esperar un tiempo desde que sienten el deseo hasta que
lo ponen en práctica, yo pude materializar aquel deseo
en apenas unos días, y fue por ello, por lo que
considero que mi primera experiencia fue tan intensa.