A sus 18 años Julieta no sabía
nada acerca del sexo. Sólo notó que conforme le iba
creciendo un mullido y ligero vello en la entrepierna,
su cuerpo iba adquiriendo otras dimensiones y los
hombres en la calle le prestaban de pronto mucha
atención. Era evidente, para quien quisiera reconocerlo,
que en poco tiempo habría de ser sacrificada en el altar
de la naturaleza. Ella se indignaba cuando le lanzaban
piropos que no entendía muy bien, pero pronto pasó del
enojo al miedo cuando se vio en la necesidad de ejecutar
escapatorias a gran velocidad.
- Mira nada mas qué chamaquita
tan sabrosa.
- Ven para acá mi reina, le
gritaban.
Un día, tuvo que pasar frente a
un grupo de trabajadores que bebían cervezas en una
construcción. Ella apresuró el paso, pero con la prisa
lo único que consiguió fue imprimirle más cadencia a los
movimientos de su cadera y a los pechos que saltaban
como peces que quisieran escapar de la prisión del
sostén.
- Qué nalguitas tan ricas.
- Yo sí me comería su caca. - No
mames. Mejor chuparle esas chichísimas que tiene.
- No. A esta reina le mamo
toditita la raya.
Julieta, aterrorizada, comenzó a
correr, despertando aún más el instinto canino de los
borrachos, quienes se lanzaron como auténticos perros
salvajes en pos de la presa, turnándose para posar manos
y dedos hirvientes por todo el cuerpo de la cierva en
fuga. La persecución se prolongó por más de tres
cuadras; en la cuarta, ya nada más uno de los ebrios
tuvo la fuerza suficiente para tantear las nalgas de
Julieta y luego cayó a la banqueta entre vómitos de
cansancio. En el zaguán de la vecindad, Julieta procuró
acomodarse un poco la pantaleta que le habían jaloneado
bajo el vestido y colocó uno de sus enormes pechos en el
sostén que ya no podía contenerlo. Luego cruzó por en
medio del patio general hacia la vivienda del fondo,
escuchando a sus espaldas algunos murmullos que decían -
mamacita. Antes de llegar a la puerta de su vivienda le
salió al paso, como venía sucediendo últimamente, la
figura larguirucha y correosa de don Pancho, el compadre
de sus papás.
- Y ora de dónde vienes
Julietita, mira nada más, toda despeinada, sudada.
Acomódate esto mijita, -dijo el cincuentón, al tiempo
que ajustaba un tirante del sostén en el hombro de
Julieta, pues sobresalía del vestido, procurando rozar
el pezón al bajar la mano.
- Fui por las tortillas, don
Pancho, pero no abrieron la tortillería y luego
empezaron a perseguirme unos albañiles, por eso tuve que
correr.
- Ah, qué muchacha, ya te dije
que cuando esté yo aquí, me avises para acompañarte.
Ãndale, vamos por las tortillas al súper, al fin que
nos llevamos el taxi. Tienes suerte, orita me cayó un
dinerito, hasta te compro tus helados.
- Ay don Pancho, pero es mucha
molestia.
- Qué molestia ni que nada, para
eso soy tu padrino, ¿no? Dame mi beso y vámonos.
El taxista volvió a aprovechar la
oportunidad de tener cerca a Julieta. Cuando se aproximó
para besarlo, la ayudó a alcanzar su rostro levantándola
de las nalgas. La niña sintió un repentino
estremecimiento, pero atribuyéndolo a su reciente y
desagradable experiencia, no le dio importancia. Luego
agregó: - voy a avisarle a mi mamá.
- No hombre, para qué molestas a
la comadre, si no vamos a tardarnos -protestó enseguida
don Pancho.
- Bueno -dijo la niña y salieron
rumbo al súper.
Afuera los esperaba el taxi. El
señor le abrió la puerta derecha a la niña y ella subió
sintiéndose al fin segura en la calle y contenta de
poder conseguir las tortillas, evitando así el castigo
de su madre. Llena de un súbito agradecimiento le dedicó
una amplía sonrisa al taxista y éste le correspondió con
una caricia en sus piernas descubiertas.
- Y qué te hicieron esos pinches
albañiles puercos mijita -preguntó el viejo,
encontrándose ya frente al volante
- Ay, no sé qué les pasa, primero
me dijeron un montón de groserías, entonces me eché a
correr y me siguieron los muy malditos y me jalaban por
todos lados.
- Ah, qué desgraciados. A ver,
déjame ver si no te hicieron moretones o algo.
Don Pancho aprovechó la luz roja
del semáforo para explorar las contundentes piernas de
Julieta. Levantó la falda del vestido hasta hacer
visible la punta del calzón de la niña y comenzó a
recorrer el interior de los muslos.
- Me dices si te duele -dijo con
un tono extraño en su voz y siguió con la exploración de
una manera lenta y suave, procurando acercarse cada vez
más a la entrepierna. Julieta volvió a percibir la
sensación rara de hacía un momento. Cuando sintió el
dedo áspero sobre su pantaleta no pudo evitar dar un
pequeño salto y dejó escapar un gritito nervioso. El
taxista se sobresaltó y con mayor nerviosismo devolvió
la falda a su lugar original, mirando para todos lados
lo más discretamente que pudo hacerlo. Después, mientras
volvían a ponerse en marcha con la luz verde, carraspeó
y preguntó a la niña: - ¿Allí si te dolió verdad?.
- Dónde
- En tus piernitas bueno entre
tus piernitas. Noté que cuando te toqué allí te dolió,
¿verdad?
- Ah es que pues no sé, sentí
raro.
Julieta comenzó a sentirse
incómoda, no podía explicarse porqué había saltado y
gritado y prefirió aceptar la conclusión de don Pancho.
- Creo que me dolió creo.
- Bueno mija mira, no ha de ser
nada grave, pero hay que revisarte bien allí para estar
seguros.
- Ay, don Pancho, no me da pena.
- ¿Pena?, pero por qué. No es
nada vergonzoso que un padrino revise a su ahijada para
ver si tiene algún daño en su cuerpo. Además, me imagino
que ya te estás convirtiendo en una mujercita. ¿Me
equivoco?
- No sé no le entiendo.
- ¿Qué mi comadre nunca ha
hablado contigo?
- De qué - Mmm de cuando te sale
sangre por allí
Un calor muy fuerte invadió el
rostro de Julieta y sus mejillas mostraron un rojo
encendido, se sintió descubierta. Sólo una vez le habían
mencionado con anterioridad el tema. El año pasado,
justo antes de que empezaran los cambios en su cuerpo,
durante su dieciochoavo cumpleaños, su madre le prohibió
bañarse con sus primos como hacían cada vez que se
juntaban los cinco niños con la única prima mujer. Le
dijo que pronto se convertiría en una mujercita y ya no
debía bañarse con hombres, cosa que le causó gran pesar,
pues se divertía de lo lindo en esos juegos. Además le
hizo una advertencia y un regalo muy raro. Le dijo que
si le salía sangre de - por allí, se pusiera una de esas
como toallitas que le regaló en una caja. Y eso fue
todo. No recibió más explicaciones ni se volvió a tocar
el tema en la casa. Posteriormente llegó a escuchar
cosas que parecían relacionarse con el tema entre sus
compañeras de la escuela, pero como no se llevaban con
ella por ser estudiosa, la marginaban de tales
conversaciones. Un día que estaba orinando vio con
terror que la orina se mezclaba con sangre y comenzó a
usar las toallas que le dio su mamá, siguiendo las
instrucciones de la caja. Desde entonces, cada dos meses
encontraba una caja nueva de toallas sobre su cama,
disimulada con la almohada.
- ¿Por qué te quedas calladita?
Julieta estaba muy confundida. No
le gustaba pensar en los días cuando debía usar toallas,
presentía que era algo malo, algo que debía ocultar.
- Qué te pasa ahijadita, ¿dije
algo que te molestara?
- No padrino nada sólo que me da
pena.
Al escuchar que la niña lo
llamaba padrino, síntoma inequívoco de estarse ganando
su confianza, don Pancho redobló esfuerzos para
convencerla de que debía revisarla por su bien.
- Mira mijita, no te apenes, no
te preocupes, yo te conozco desde chiquita. Además no
les vamos a decir nada a tus papás para que no te
regañen, ya ves cómo son mis compadres de disparejos en
su carácter.
- Ay sí, yo no quiero que les
diga nada, menos a mi mamá.
- Vamos a jurarlo, no vamos a
decirle ni una palabra a nadie, ¿de acuerdo?
- Sí, de acuerdo, padrino.
En el centro comercial no
volvieron a tocar el tema y don Pancho cumplió la
promesa de los helados para su ahijada; así que cuando
regresaron al taxi, el ambiente se había destensado
totalmente. El cincuentón tomó esta vez un camino
diferente para regresar a la vecindad.
- ¿Para dónde se va, padrino?
- Pues vamos a la casa, pero me
voy a meter en un terrenito baldío que hay por aquí para
revisarte, ¿recuerdas?
La tensión volvió a apoderarse de
Julieta, no creía poder aguantar la vergüenza de que su
padrino descubriera el naciente vello púbico. Volvió a
guardar silencio.
Mientras el taxista carreteaba
hacia la parte media del terreno baldío, Julieta cruzaba
y descruzaba nerviosamente sus piernas.
- ¿Qué te pasa Julietita? -dijo
el hombre al tiempo que posaba una de sus manazas sobre
las piernas de la niña, deteniéndolas.
- No sé Contestó ella
tímidamente.
- A ver, a ver. ¿Qué no ya
habíamos quedado? Es necesario que te revise, para ver
si no te hicieron algún daño.
- Sí, ya lo sé pero me da pena
- Ya te dije que yo te conozco
desde chiquita, no tienes nada de que avergonzarte. Es
más, como te decía, pienso que ya te estás convirtiendo
en una mujercita y por eso menos debes de sentir
vergüenza.
- ¿Por qué don Pancho? No
entiendo eso.
- Mira, las niñas que todavía no
sangran, tienen su cosita entre las piernas bien pelona,
se les ve todo porque no tienen vello que le cubra. En
cambio, en tu caso, ya has de tener bastante pelito que
te cubre. ¿No es verdad?
Si es así, no debes preocuparte
ni avergonzarte. Una especie de alivio recorrió el
interior de Julieta al escuchar las palabras del
cincuentón, ahora se daba cuenta que era normal el vello
creciente en su pubis. Se sintió de pronto tan animada
que contestó casi sin darse cuenta. - Huy sí, ya tengo
un montón de pelitos
Julieta guardó silencio al
instante y hasta don Pancho quedó sobresaltado por la
respuesta tan sincera, tardando unos instantes en
recuperarse de la sorpresa; pero una vez repuesto, sus
ojos brillaron con deseo y ya no pudo esperar más.
- Me voy a bajar, tú quédate
sentada, orita voy por el otro lado.
Don Pancho rodeó el taxi para
abrir la puerta de Julieta desde afuera y la conminó a
sentarse con las piernas hacia donde estaba él.
- Mira mija, como que te
recuestas en el asiento y sacas tus piernitas así así
ábrelas mamita
La voz del hombre se hacía
temblorosa y aflautada, era evidente que apenas podía
contener su emoción.
- Ay padrino me da pena.
- No, olvídate de la pena, en un
ratito te reviso y nos regresamos a la vecindad.
Entonces don Pancho, hincado ante
las piernas abiertas de Julieta, comenzó a subirle el
vestido casi con fervor religioso. Pronto apareció la
pantaleta con figuras de ositos y el hombre tomó los
bordes para bajarla con una expresión en el rostro de
quien comete sacrilegio. Debajo del calzón apareció un
montículo de vellos incipientes y húmedos de tal belleza
que provocó una especie de gemido impensado en el pecho
del cincuentón. Le quitó totalmente la pantaleta y la
llevó a su rostro para aspirar su aroma antes de dejarla
a un lado.
- Ay padrino, qué pena
Don Pancho ya no podía responder,
estaba demasiado extraviado en la contemplación del
espectáculo. Comenzó por recorrer lentamente con un dedo
la parte exterior del montículo, encallándose en las
comisuras de la ingle, fue la primera vez que Julieta
cabrilleó y trató de incorporarse, pero él lo impidió
posando pesadamente una mano sobre su vientre. Siguió
con su tarea, acariciando el mullido pelo y jugueteando
con un dedo en la estrecha entrada.
- Padrino, ya no me revise, me
dan como cosquillas.
A estas alturas, conforme la niña
protestaba más, el hombre tuvo que aprisionar las
piernas de ella con las de él y necesitó valerse de una
sola mano para acariciarla, pues con la otra sostenía
fuertemente las dos manos de Julieta contra sus pechos.
- ¡Padrino, por favor, siento muy
raro! Me quiero parar.
La petición de su ahijada lo sacó
de su trance, se dio cuenta que necesitaba la
cooperación de ella.
- Mira Julietita, déjate revisar,
por favor, ya hablamos de esto. ¿No ves que si tienes
algún daño y después se dan cuenta tus papás, se te va a
armar?
- Sí, padrino, pero siento bien
raro, de veras.
- Aguántate tantito, ya voy a
acabar, pórtate como una mujercita. Si estás tratando de
pararte a cada rato me voy a tardar más y no voy a poder
revisarte bien. Necesito usar las dos manos y con tus
berrinches tengo que estarte agarrando con una y
revisándote con otra. Por favor ahijada, no te pasa
nada, es normal lo que estás sintiendo, sólo déjate
llevar por la sensación y verás cómo se te quita.
Ya más tranquilizada, Julieta
dejó que su padrino continuara acariciándole la vagina,
pero cada vez se le hacía más difícil contener sus
movimientos. Sentía ganas de cerrar fuertemente las
piernas y mordía las orillas de su vestido para no dejar
escapar los gemidos que le ocasionaba el recorrido de
los dedos del viejo sobre su pubis. Mientras tanto,
Pancho se sentía cada vez más excitado contemplando cómo
sus dedos se habían ido humedeciendo. Con las dos manos
libres, pudo posarlas en sendos labios vaginales y los
separó con suavidad. Entonces su lengua comenzó el
trabajo.
Lamió largamente la entrada y luego pasó a
chupar el juvenil clítoris, que inmediatamente respondió
levantándose enérgicamente. Julieta saludó el entusiasmo
de su pequeño apéndice dejando escapar un gemido gutural
y retorciéndose como pez fuera del agua; todavía alcanzó
a decir: - ¡Padrino, padrino, déjeme, ya no aguanto,
creo que me voy a orinar! Pancho
le sostuvo fuertemente las piernas, como si de ello
dependiera su vida y siguió chupando como hambriento,
sabiendo que su ahijada estaba a punto de explotar. En
tanto, Julieta no cesaba de retorcerse y quejarse. Fuera
de sí, aunque no entendía nada de lo que le pasaba, dejó
de luchar contra la sensación que le hormigueaba entre
las piernas y se abandonó totalmente a los designios de
la boca de don Pancho. Entonces sobrevino la tempestad y
Julieta desencadenó el primer orgasmo de su vida. Apretó
con fuerza la cabeza del hombre entre sus piernas y la
tomó con sus manos en un intento de dirigir los
movimientos, mientras emitía quejidos tan fuertes que
Pancho temió fueran escuchados. Pero él también estaba
fuera de sí y olvidó los peligros empeñado como estaba
en sorber los fluidos amargos secretados por Julieta en
abundancia. Cuando la niña se calmó finalmente y se
reincorporó sobre su asiento con los ojos aún cerrados,
don Pancho, hincado todavía en el suelo, con la boca y
el bigotillo empapados, pegosteados, cebado sobre su
presa, tocó su pantalón y bajó la mirada: estaba mojado.
Corrió al otro lado del carro y regresaron a la
vecindad.