Imagino que habrá multitud de
testimonios de autor@s en los que se hable de un momento
de soledad y a la vez de deseo. Este será uno más, pero
sentía necesidad de expresarlo.
Soy una mujer que
disfruta del sexo en las dimensiones a las que se me
"permite" entrar. Me explico: estoy casada y el
matrimonio es una circunstancia condicionante, pero
nunca una jaula. Si mi marido comparte ese pensamiento
conmigo o no es algo que ahora no viene al caso.
Si viene al caso contar que soy
medrosa a la hora de buscar aventuras
extramatrimoniales. Las relaciones paralelas
al............. matrimonio pueden ser peligrosas. Eso
sí, debería hacer caso a cierta amiga mía que dice que a
los que verdaderamente les interesa mantener las
aventuras en secreto es a los hombres. Sería cuestión de
dar con el adecuado, pero hasta el día de hoy no me he
puesto manos a la obra.
Entonces llegan en tu vida tardes
como aquella en la que me encontraba sola en casa y a
raíz de una lectura romántica empezó a aflorar en mí el
anhelo erótico, para sublimarlo obvié a mi marido y
recordé al portero de nuestro edificio, Julián, un
hombre por lo menos veinte años mayor que yo, pero que
se colaba fácilmente y a menudo en mis fantasías
sexuales; el mero hecho de sentirlo tan cerca, pues lo
veía a diario, y notarlo tan lejos, pues había que
mantener esa distancia respetuosa con el empleado,
provocaba en mí deseos indescriptiblemente morbosos, más
si cabe auspiciados por el tipo de miradas que ese
hombre de pelo plateado y arrugas en el rostro dirigía
hacia mi persona.
Quizá el deseo se podía
satisfacer aquella tarde con tan solo llamarlo y hacerle
entrar a nuestro apartamento con cualquier excusa; pero
ya he contado que ciertos miedos infranqueables me lo
impedían. Sin embargo, nada me impedía fantasear.
Comencé a tocarme. Me encanta
pellizcarme los pezones, que se ponen duros como
tachuelas de metal. Lo hice; expuse mis senos fuera de
mi sujetador y me acaricié como si fuera Julián el que
lo hiciese. En mi fantasía él me tenía poco respeto, me
degradaba como mujer, pero yo lo disfrutaba en mi mente,
porque eso encendía resortes libidinosos que me
confortaban en mi soledad de sobremesa.
Nunca fui de
consoladores, con mis manos me basto. Imagino a Julián,
que me espera agazapado en el portal, oculto como una
bestia, esperando a que yo pase a unos metros de él,
desprevenida e inocente; se abalanza contra mí y tapa mi
boca para que mis gritos pidiendo auxilio no se oigan.
¿Qué va a hacerme Julián? –le pregunto una vez me ha
metido en el cuarto tenebroso en el que guarda cubos,
fregonas y escobas. Él me dice que soy una puta, que lo
provoco con mi mirada, pero yo le juro que eso no es
verdad. Mis peticiones de misericordia no provocan en él
ninguna compasión, es más, me amenaza con todo lo peor
si se me ocurre gritar. Imaginándome eso continúo
tocándome las tetas, endurecidas por la excitación.
Mi fantasía prosigue. Julián me
ha rasgado la camisa y se abalanza sobre mi pecho a
besar mis ubres. Me hace daño con su barba de varios
días, que me pincha y enrojece la piel. Yo gimo de dolor
y me siento humillada, pero sólo la protagonista de la
fantasía querría detener esa vejación. Yo, que me
masturbo, sueño con que Julián se salga con la suya. Me
mete mano por debajo de la falda, buscando mi coño,
preciado tesoro que yo ya estoy acariciando y que
encuentro muy mojado. Julián es un viejo sucio,
maloliente y tosco; su lenguaje es grosero y me habla
sin respeto alguno, pero eso me agrada, tanto como que
se decida a sacar su verga y me obligue a chupársela.
Nunca se lo he hecho a mi marido, pero Julián es mi
dueño. Las lágrimas resbalan por mi rostro. Qué sabor
tan asqueroso el de su polla, qué sabor tan rico el de
la paja que me estoy haciendo pensando estas guarrerías.
Finalmente me hace tumbar de un
empujón en el suelo y me obliga violentándome a abrir
las piernas. Me va a penetrar. Mi orgasmo fantasioso
llegará al mismo tiempo que el que yo me provocó
metiéndome el dedo en mi raja.