Sabía que trabajaba allí, y no sé
qué absurda idea se me cruzó por la cabeza cuando ya
estaba apunto de entrar a clase de matemáticas, mates de
2º de BUP, un suplicio terrible para empezar la mañana
de un lunes, demasiado para empezar la semana, porque
casi con un pié dentro del aula me di la vuelta y me
lancé a una loca carrera escaleras abajo, fuera del
instituto, fuera del patio, fuera del barrio, hacia el
centro, hacia el mismísimo Casco Viejo, hacia aquella
mercería que parecía sacada de una película en blanco y
negro.
En ese momento, lo juro, aún no
sabía lo que iba a hacer, no lo tenía pensado, sólo
quería fumarme la clase de mates, verle, guiñarle un ojo
desde el otro lado del mostrador y luego marcharme por
donde había venido, dejarle toda la mañana pensando en
mi y marcharme a jugar un futbolín en los billares de la
Calle Chica.
La mercería tenía tanta gente
como un supermercado, señoras demasiado señoras como
para dejar que nadie se colase, así que mientras echaba
un ojo alrededor para ver cuál era su zona en el
mostrador (un mostrador en U, todo de madera) me
entretuve haciendo como que me interesaba por unos
picardías de encaje que colgaban de unas perchas.
Fue en el momento en que uno de
aquellos picardías insultantemente sexys (lo eran
incluso colgados desmañadamente en viejas perchas de
madera), semitransparente, negro, con mucho encaje,
resbaló al suelo cuando decidí probármelo. Y sin más
preámbulo que hacerle una seña a una de las dependientas
me metí en el probador con él. Dejé la mochila en el
suelo del probador, y sobre ella la ropa, toda mi ropa,
también la interior, y sin descorrer la cortina de
terciopelo oscuro que hacía las veces de puerta me
deslicé al exterior, hacia el almacén. Tuve que
esconderme para que no me viera una de las dependientas
que salía cargada con unas bobinas de tul y ni siquiera
tuve que esperar más que un par de minutos hasta que le
vi aparecer escoba en mano.
Su cara es una de esas cosas que
una nunca puede olvidar, una de esas imágenes que una
almacena en la memoria para recordar siempre, cuando las
cosas vayan mal, porque en aquel momento, reflejada en
sus ojos, me sentí una Reina, una Diosa.
No sé quién arrastró a quién al
probador, aunque debí de ser yo, ya que él no sabía cuál
era, pero lo cierto es que no lo recuerdo, porque lo
único que recuerdo de ese instante es su mirada.
Recuerdo que le empujé contra el
espejo de una de las paredes (había espejos en las tres)
y me puse de rodillas en el suelo, metí la cabeza bajo
la bata de su uniforme y con una destreza sorprendente
para una novata como era entonces yo le desabroché los
vaqueros. Creo que no me sorprendí al sentir rozando mi
mejilla aquel bulto que otras veces había quedado oculto
dentro de su pantalón, un pene perfecto, una polla art
decó, grande, gruesa, caliente, dura, tiesa, fuerte, una
polla que, no lo pude evitar, sin llegar a tocar con las
manos, dejé que se deslizara hasta la comisura de mis
labios, la besé, la lamí suavemente, la acaricié con la
lengua, con los labios, curiosa, zigzagueando con
delicadeza la hendidura del glande, y el murmuraba no sé
qué palabras mientras me sujetaba la cabeza, viendo todo
en tres dimensiones reflejadas en los espejos del
probador. Y cuando ya no podía más, cuando estaba a
punto de suplicarme que se la comises entera, que me la
metiese entera en la boca y acabase con su
excitantemente dulce sufrimiento, entonces, sin previo
aviso, la engullí, toda su polla en mi boca, su polla
entera dentro de mi boca hasta casi cortarme la
respiración. Era un descubrimiento para mi. ¡Me gustaba
tanto sentir su pene dentro de mi! Y mientras succionaba
su glande, mientras me balanceaba para que su polla
entrase y saliese de mi boca al ritmo de una
respiración, mientras sus manos habían dejado de sujetar
mi cabeza para elevar parte de mi cuerpo y sus manos
jugueteaban bajo el picardías, una acariciando mi
espalda hacia abajo, masajeando mi culo, la otra
avanzando descarada hacia delante, por entre mis
piernas, acariciando mis otros labios, los que no
estaban comiéndole la polla en ese momento, avanzando
hacia dentro, dentro de mi, poco poco, a su ritmo, sin
descanso, un dedo dentro de mi primero, dos dedos dentro
de mi, tres dedos dentro de mi a la vez...
Sentía tal fuego dentro de mi que
no pude si no acelerar el ritmo marcado, comerle entero,
mientras un torrente de palabras resonaban en mi cerebro
recalentado, como una letanía que me aceleraba un latido
en la entrepierna, en el fondo de si sexo ya no húmedo,
mojado, un latido ancestral que estaba a punto de
estallar en lo más hondo de mi interior (pene, polla,
verga, mamada, follar, clítoris, sexo, cipote, conejo,
calor, semen, comer, excitación, cueva, pene, polla,
verga, mamada...) una y otra vez, una y otra vez.
Y de pronto toda la excitación
que sentía se convirtió en una sacudida de él, un gemido
ahogado entre las voces de la gente de la mercería y la
horterada que sonaba en el hilo musical, y mi boca se
llenó de semen, ese líquido biscoso de sabor indefinido
que era él, y me tragué el semen ávida, ávida de él,
mientras su puño entero se movía con fuerza dentro de
mi, un puño tan duro como hasta entonces había estado en
mi boca su cipote (correrse, polla, cipote...), y mi
cabeza salió de debajo de su bata de uniforme para poder
contemplar en tres espejos a la vez cómo su puño volvía
a hundirse dentro de mi una y otra vez, una y otra vez
(masturbación, paja, excitación...) y tuve que morder la
dichosa bata de uniforme para no soltar un grito cuando
me corrí entre espasmos y sin aliento. ORGASMO.
(Orgasmo).
El no va más.
Tuve que empujarle fuera del
probador sin darle tiempo a decir nada y vestirme
deprisa para que no sospechase nada nadie. Me miré en
uno de aquellos espejos que habían sido testigos de
nuestro encuentro y me vi despeinada, las mejillas
encendidas, la respiración aún acelerada... Feliz. Y sin
preocuparme lo más mínimo salí a la tienda abarrotada de
señoras, hice una seña a la dependienta y colgué el
picardías de la misma percha donde lo había cogido
apenas unos minutos atrás.
Sólo cuando iba a girarme para
salir de la tienda me fijé en la mancha que su semen
había dejado en el borde de encaje del escote, pero lo
olvidé enseguida porque ahí estaba él, con esa cara que
me decía que era una Diosa, mirándome desde detrás del
mostrador, sorprendido, alucinado y satisfecho.