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Lo
miré en el bar, lo miré sencillamente porque me gustó,
porque me dio esa rara sensación que llevaba un buen
tiempo sin ver un hombre como ese. Mi metro sesenta y
tres era toda una gracia para llamar la atención de
aquel mulato de casi dos metros, con sus cabellos largos
a lo rasta, su remera que dejaban ver su maza musculosa,
sus apretados jeans. Claro, no estaba solo, había otra
gente con él en la mesa donde estaba sentado, todos
varones, bien másculinos, viriles. Yo no estaba sola
tampoco, una amiga me lloraba penas por el reciente
abandono de su marido; ser casada tiene esos riesgos.
Tarde de sexo infiel Lo miré en
el bar, lo miré sencillamente porque me gustó, porque me
dio esa rara sensación que llevaba un buen tiempo sin
ver un hombre como ese. Mi metro sesenta y tres era toda
una gracia para llamar la atención de aquel mulato de
casi dos metros, con sus cabellos largos a lo rasta, su
remera que dejaban ver su maza musculosa, sus apretados
jeans. Claro, no estaba solo, había otra gente con él en
la mesa donde estaba sentado, todos varones, bien
másculinos, viriles. Yo no estaba sola tampoco, una
amiga me lloraba penas por el reciente abandono de su
marido; ser casada tiene esos riesgos. He escuchado ese
tipo de quejas muchas veces, tanto que ya aburren, pero
no puedo dejar de hacerlo, después de todo lo que cuenta
es la amistad. Fingiendo necesidad de ir al baño me
acerco a la barra, pero en realidad lo que hago es
florearme, sin exagerar, delante de esa mesa donde está
el hombre más lindo y atractivo que he visto en los
últimos tiempos. Me fijo en sus manos, las mueve al
hablar, sus dedos gruesos y largos me parecen hermosos;
uno solo, tan solo uno, dentro mío y me doy por
satisfecha. Ellos continúan hablando, cuando paso camino
al baño me basta una mirada, un segundo, un instante
para decirle: "hey, si te va una colorada como yo,
cuando quieras, ¿eh?". Siento su mirada cuando me sigue,
en la mesa alguien ha dicho algo gracioso, estallan en
una carcajada y mi mulato se ha perdido el chiste por
mirarme ir hasta la caja. Retorno a la mesa, me doy
cuenta que mi mirada tuvo su eco, un tipo como esos no
le faltan nunca compañía para llevárse a la cama. Me ha
mirado, en realidad nos hemos mirado a la salida del
baño, él sigue ahí, en su mesa, con sus amigos, mi amiga
está en la nuestra, con ojos llorosos. No bien pongo el
culo en la silla ella retoma su historia sin dejar de
llorar. Unos minutos después veo que la mesa del mulato
llama al mozo para pagar, todos se aprestan para irse,
él es el único que ni siquiera amaga pagar; alguien lo
ha invitado y sin pestañar acepta mientras sonrie y
habla, con ese asento brasileño a pesar de hablar en un
buen castellano. Casi de inmediato le digo a mi amiga
que es un buen momento para salir a la calle y caminar,
no quiere saber nada, de la boca para afuera la consuelo
pero por dentro le deseo, a pesar de nuestra amistad,
una maldición egipcia. Por suerte es mi marido quien
viene a ayudarme, ¿paradógico verdad? Suena mi teléfono,
es mi esposo para preguntarme algunas cosas y mientras
hablo con él el mulato que sale y me mira, esta vez,
desafiante.
En la vereda se despiden, el grupo se desarma, uno
agarra para cada lado, el mulato vuelve a mirar hacia
adentro, difícilmente vea nuestra mesa, se aleja por las
suyas, despacio. Mientras mi marido habla y habla le
hago un gesto de paciencia a mi amiga, ella asiente, me
paro, salgo a la vereda, hablando y hablando, tratando
de desimular el nerviosismo de mi osadía.
El mulato está
por doblar en la esquina, apresuro mis pasos para darle
alcance, mi esposo sigue con su charla, el brasileño me
mira sin deja de sonreir, a duras penas llego hasta la
mitad de su pecho y aún así salen dos como yo, que llevo
un pantalón de vestir, saco, camisa y zapato. Como puedo
me deshago de mi marido, invento una excusa para cortar,
el mulato me mira a los ojos, gesto que me derrite, le
hago mi propuesta así, sin asco, se que no va decir que
no; conozco a los tipos de su calaña. No tiene
problemas, regreso al bar, mi amiga se ve mejor o me así
me parece, le miento a ella también, mi esposo me ha
llamado para avisarme de una emergencia en casa, prometo
llamarla en un par de horas, tomo mi cartera, le doy un
beso y salgo. El mulato sigue donde lo dejé,
esperándome, le pregunto si podemos ir a su casa, vamos
por mi auto. Quince minutos después nos bajamos, nos
hemos detenido en el frente de una casa de dos plantas,
algo vieja, lleva años sin arreglos ni pinturas pero no
por eso ha perdido los vestigios de su hermosura.
Entramos, primero yo aunque ni por casualidad pienso
espantarme, después él que cierra con llave dejándola,
cruzada, en la puerta. El lugar es sobrio, con muebles
viejos pero aún en uso, delante del sofá hay un
televisor encendido en un canal de deporte. En ese
sillón el mulato se deja caer, apoya sus manos en los
apoyabrazos, separa las piernas sin dejar de sonreir.
Saco los billete de mi cartera, me maldigo por tirar el
dinero de esa manera, pero de inmediato me consuelo
diciéndome que ciertos gustos hay que dárselos en vida.
Recibe la suma convenida, los mete sin contarlo ni
doblarlos en un bolsillo delantero de su jean, me mira;
es ovbio que espera un poco más de mí y no es del tipo
monetario. Toma el control remoto, me apunta y dispara;
conozco el juego. Dejo caer mi cartera, no sin antes
apagar el teléfono, me quito mi saco que dejo sobre la
mesa llena de cachivaches, luego mi camisa, siguen los
zapatos, el pantalón, las medias, el corpiño y por
último las bragas. Vuelve a sonreirme, de un envión se
saca su remera, sin decir nada permanezco toda desnuda
esperando por él, por sus servicios; estira los brazos
hacia mí, me acerco, me acuna en su regazo, me besa.
El contraste de nuestras pieles no pueden ser más
notable y mi cuerpo ante el suyo parece empequeñecerse
más todavía. Me chupa las tetas, mientras acaricia mi
vientre, mi sexo, destaca el detalle que esté razurado
por completo, "es para que me lo chupen mejor" respondo
impostando la voz de la bestia que va aflorando en mí.
De inmediato me da vueltas por el aire, quedo sentada en
el espaldar del sofá, mis piernas separadas, con los
pies en los apoyabrazos, él se arrodilla de tal forma
que su lengua se hunde entre mis labios ya mojados de mi
sexo. La lengua va y viene por ahí, entre mis secretos
pliegues, a veces quiere entrar y otras se entretiene,
con la punta, en mi clítoris que se ha endurecido y
predipuesto para una tarde de sexo infiel. Me he dejado
caer en el sofá cuando el orgasmo partió mi espina
dorsal, me quedo ahí, con mis rodillas juntas cerca de
mi boca, sintiendo los estremecimientos en mi interior,
entre las piernas, en la base del vientre que se me
hincha como si estuviera de pocos meses embarazada.
Abrazo mis rodillas, con fuerza, como si fuera a caerme
en tanto mi boca hace una "O" silenciosa que deja fluir
el aire de mis pulmones, de mi estómago; no quiero
pensar en esa lengua en mi clítoris, ni en esos dedos en
"V" entrando en mis agujeros, que de tan grandes me han
colmado como si fueran auténticas erecciones. Lo veo
desnudarse, por fín lo hace, y no me defrauda, tiene un
tamaño más que interesante que se manifiesta en una
erección que palpita y tensa la piel por su dureza.
Siento ahí mismo la furiosa necesidad de saborear esa
pija tan dura, tan negra. Me toma de la muñeca, hace que
me levante para darme el envión necesario, como si fuera
una bolsa de papas, para subirme a su hombro derecho
camino al dormitorio.
Al pie de la cama me arroja hacia
el centro del colchón, reboto un par de veces, con los
brazos abiertos, los cabellos sueltos; voy a protestar
pero no me dá tiempo, se arrodilla ante mí, toma mi nuca
dándome una brutal indicación de lo que debo devorar
hasta la garganta y más allá si tengo lugar. Es tanto
que me ahoga, provoca arcadas, pero sigo no sólo por mí
sino por él que a acentuado los movimientos. He estado a
punto de vomitar cuando su glande ha ido más allá de la
glotis, pero no he podido decir nada ni mucho menos
quejarme, empuja de los dos lados, con la mano y con la
cintura, mis manos acarician sus piernas, sus durísimas
nalgas; más pequeña me siento todavía. Se sale, es una
pena que lo haga a pesar de todo, hace que me recueste,
nos besamos en tanto uno dedo primero y luego dos entran
y salen de mi vagina. A esa altura tengo las piernas tan
abierta como si fuera a parir, sin esperar demasiado y
con dureza saca los dedos, separa más todavía mis
rodillas para acomodar su cuerpo entre ellas.
El gran momento ha llegado, mi respiración se entre
corta, ni pestañéo siquiera, me vuelve a sonreír,
estrega su enorme y muy baboseado glande entre los
labios de mi sexo, juega con mi clítoris otra vez, va
hacia abajo y esta vez se encaja en la primera entrada.
Lo siento ahí, a punto de entrar, sin que nos digamos
nada los dos empujamos y de esa forma la enorme,
cabezona, negrísima y muy dura verga entra hasta el
fondo de un solo envión. Tiro mi cabeza hacia atrás para
soltar mi grito de satisfacción, en tanto mis manos
acarician con desesperación su espalda reforzando esa
sensación que he desaparecido por completo debajo de ese
cuerpo. Mis músculos vaginales estrujan esa dureza que
entra y sale, en ese momento yo me acuerdo de dios, de
mi madre, le pido que me asesine, que me parta en
pedazos, moviéndose así, que tire mis restos a los
cerdos. Sin que me lo pida apoyo mis piernas en sus
hombros, las embestidas son más violentas y profundas,
con uno de sus pulgares me masturba hasta que no puedo
más y exploto no sólo de felicidad sino de satisfacción.
Sin dejar que se salga me doy vuelta, me pongo en
cuatro, me sigue dando por adelante pero en esa posición
que hace que su glande roce por dentro de una manera muy
especial, tan especial que es delicioso sentirlo entrar
y salir. El mulato no me ha defraudado, es un verdadero
hombre, se mantiene en su ritmo, hace que sienta su
erecta masculinidad en toda su extensión, en todo el
recorrido dentro de mi útero. Yo me muevo, lo sigo
haciendo con mi cintura como si bailara al ritmo de una
Kemence turca, por supuesto sin velos, sometida a toda
esa maza de piel negra cuya mayor fuerza y seducción
está adentro mío entrando y saliendo, entrando y
saliendo, sudando a mares, un sudor fuerte y sexual que
el Carolina Herrera no puede tapar. Por entre mis brazos
puedo ver mis pechos sadirse en el vaiven, mi vientre y
las caderas serpetean, algo así como ayudar a que toda
esa enorme verga no deje un solo espacio sin llenar. No
es cuestión de tamaños, ya lo sé, es de capacidad, y
bueno, este mulato tiene ambas cosas que hace de mí una
muñequita de cera, gracias a esa maravillosa cogida,
vaya consumiéndose, haciendo que mis derretidos fluidos
chorren mis piernas, llenen la habitación con ese olor
penetrante y el inconfundible sonido de vagina
superlubricada se escuche en toda la casa. La
consecuencia directa de eso ha sido otro orgasmo más, me
atrevería afirmar de manera categórica que no es uno
más, sino otro más bestial, primitivo, animalesco.
Mientras mi cuerpo ha sufrido una fortísima descarga
desde el vientre hacia abajo, mis piernas han perdido la
fuerza necesaria para sostenerme, mis brazos a duras
penas lo hacen y no me alcanza la boca y la nariz para
recuperar todo el aliento, el aire necesario para
continuar respirando y mantenerme viva. Pero se que no
he muerto aunque más o menos me parece que sí, lo sé
porque el mulato sigue detrás de mí, dándome bomba, sin
detenerse, sin un gesto de cariño. Es en ese momento en
que deseo que él me inunde con su esperma, sé que es un
día peligroso para eso pero también puedo solucionarlo
no bien salga de esa casa, en la primera farmacia que se
cruce a mi paso. Siento una furiosa necesidad de sentir
que se quiebra sobre sí mismo, gruñe, me clava sus dedos
en mi piel y empuja con todas las ganas más adentro aún
para soltarme su leche…¡oh, sí, necesito que lo haga!
Necesito eso porque al hacerlo mi vanidad de mujer, como
objeto de placer, de goce, se mantendrá intacto. Pero no
lo hace. A pesar de mis ruegos no lo hace, es de locos
nuestra discusión, por un lado mis ruegos y por otro la
negativa de su parte y todo esto yo ahí, a duras penas
en cuatro y él detrás de mí moviéndose como si nada
hubiera pasado, entrando y saliendo con las mismas
fuerza, con las mismas ganas como si recién todo
comenzara. Como es un experimentado pronto descubre el
truco de mis músculos vaginales, se rie de eso, me dice
cosas soeces al oido y eso ayuda que mi excitación no
decaiga. "¡Soltala!" llego a gritarle, pero él…nada. Sin
dejar de moverse me pregunta si quiero su leche, casi
como un ruego vergonzoso le digo que sí, entonces me
pide otro billete para eso. Me quedo sorprendida, como
que en ese instante y en ese lugar las cosas mundanas no
tienen espacio. Eso y decirme la hora exacta en Paris
suena a irrelevante, pero no, insiste. Su esperma vale,
le prometo dárselo pero que lo suelte; se niega,
negocios son negocios. A pesar de todo, humillada, me
salgo de él. En un envión, cuya fuente de energía
desconozco, voy hasta el comedor, busco mi cartera, saco
el maldito billete y regreso con él a la cama.
Casi se
lo arrojo en la cara mientras aprovecho para montármelo
ya que ha tenido la delicadeza de esperarme acostado
boca arriba; ¡ciertos hombres son de no creer! "Acá
está" digo en tanto me dejo caer, apoyo mis manos en sus
durísimos pectorales y muevo mis caderas arriba y abajo,
casi sin flexionar mis piernas. Sus manos se apoyan en
mis pechos, después en mis nalgas, uno de sus dedos
recorre más íntimamente el lugar, me inclino un poco sin
que me lo pida, y un momento después, con un dedo
primero y luego otro, soy doblemente penetrada. Sé como
terminan estas cosas, mi carne es demasiada dbil en
estos menesteres por eso fracasé como prostituta. Con un
increíble esfuerzo, no hay que olvidarse que soy muy
pequeña a la par de esa mole gigante de piel negra,
pongo mis pechos en su boca para que, alternando uno a
otro, agregue más placer e incremente el goce de esa
cogida fenomenal. El enojo que sentí cuando el maldito
me pidió más dinero por su acabada casi ha desaparecido,
no dejo de mover mi cintura para ahondar la penetración
vaginal, él hace lo mismo con sus dedos con la evidente
intensión de dejarme el culo bien dilatado para cuando
llegue el momento de visitarlo con su sexo, mis pezones
están endurecidos y brillantes por la baba espesa de ese
cretino. Va acariciarme el clítoris con su mano libre
pero se lo impido, es un artista la hacerlo pero no
quiero que me quede después resentido por su manoseo;
una o dos veces está bien, más es abuso y eso está mal.
De pronto abre los ojos, su cuerpo se tenza, acentúo mis
movimientos dejándome caer con más fuerza y rapidez,
siento que sus piernas se estiran por completo, saca los
dedos del culo, se aferra de mis nalgas con ambas manos
imponiéndome su propio ritmo. Yo jadeo y me quejo, el
cabello se me va a la cara, a la boca, de un manotazo
los pongo en su lugar pero es inútil, otra vez vuelven a
desparramarse en mi rostro, pegándose en él por el
incontenible sudor.
El mulato abre la boca, apreta los
dientes y mientras me llena de leche suelta un rosario
de puteadas en portugués. Completamente derretida me
dejo caer sobre su pecho, satisfecha y feliz. La
respiración, en ambos, es entrecortada. Me acaricia la
nuca, lo beso como puedo sin salirme, aún puedo sentir
como su glande palpita mientras suelta los últimos
chorros de su esperma mulata. Necesitamos reponernos, el
segundo round va a ser por atrás, su desproporcionado
tamaño me hace pensar que va a ser una pelea durísima
pero que bien valdrá la pena que me partan en dos de esa
manera aunque después, con todo el dolor del alma, no
pueda salir de ahí a contárselo a ninguna de mis amigas.
Si se que cuando llegue a casa, desecha y toda rota, le
diré a mi marido: "Gracias por llamar" aunque él, por
supuesto, no comprenderá que he querido decirle con
eso.-
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