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Al
principio pensaba que Fulgencio, mi marido, me tenía
mucha confianza. Pero cuando me di cuenta, de la
verdadera razón, por la cual mi marido no me celaba, me
sentí extremadamente mal.
Resulta que ahora tengo un poco
de sobre peso, ahora tengo unos 25 kilos de más, para
ser exacta, pero para cuando me enteré, que mi esposo
piensa que debido a lo gorda que estaba (antes tenía 35
kilos de más) ningún hombre se fijaría en mí. Aparte de
que me di cuenta, que desde que aumenté de peso,
Fulgencio se ha burlado de mí exceso de peso y en
ocasiones me ha hecho pasar una gran vergüenza al
ridiculizarme frente a nuestras amistades.
Todo eso me deprimió más de lo
que ya estaba, hasta que un día en que en nuestra casa,
había una pequeña fiesta a la que asistían varios de
nuestros vecinos y conocidos, uno de los vecinos estaba
buscando el baño, y accidentalmente o por equivocación,
entró a nuestra habitación donde yo me encontraba
terminando de secarme, recién salida del baño
completamente desnuda y a punto de vestirme.
Cuando él se dio cuenta, de
inmediato avergonzado salió de inmediato disculpándose.
Luego escuché a ese vecino, de buena fe, diciéndole a mi
marido, que por accidente había entrado a nuestra
habitación, donde yo me encontraba vistiéndome.
Fulgencio en lugar de dejar el
asunto como un simple accidente, comenzó a burlarse
diciéndole que si no se había quedado ciego, al verme
desnuda, que él o sea Fulgencio no se hacía responsable,
por los daños que yo le hubiera causado a su visión, al
ver semejante cantidad de grasa junta. Esa fue la gota
que derramó el vaso.
Desde ese instante tomé la
decisión, de darle una lección a Fulgencio. Así que en
plena fiesta comencé a coquetear abiertamente con varios
de los presentes, aunque la mayoría de ellos, quizás no
me tomaron en serio, o pensaron que trataba de ser una
buena anfitriona, Fabio un vecino de dos casas más
abajo, por lo visto si interpretó muy bien las señales
que le di.
Aunque realmente el tipo no es un
adonis, delgado, narizón y bastante calvo para ser un
hombre de 28 años. Pero como dicen peor es nada, así que
cuando Fabio me continuó pidiéndome que le diera una
oportunidad, que estaba loco por mí. Decidí arriesgarme.
Así que cuando me encontraba
sirviendo la comida, le pregunté donde y cuando nos
podíamos ver a solas, me respondió que si yo lo deseaba
podíamos ir ya mismo a su casa, ya que Fulgencio estaba
tan interesado como el resto de los invitados, en el
juego de fútbol que estaban dando por la TV, que ni
cuenta se daría que yo no estaba, de inmediato Fabio
salió de mi casa, con rumbo a la suya.
Aunque pensé que estaba a punto
de cometer una locura, y que seguramente me arrepentiría
a mitad de camino, solté los cubiertos con los que
servía la comida y sin hacer ningún comentario me
encaminé a la puerta de la calle.
A medida que caminaba por la
acera en dirección a la casa de Fabio, me decía a mí
misma, está bien, llegas a su casa, le dices que todo
fue un mal entendido y te regresas, y aquí no ha pasado
nada.
Pero apenas entré a su casa,
Fabio cerró la puerta y de inmediato me ha tomado entre
sus brazos y con una rapidez inesperada por mí, me ha
plantado un tremendo beso en la boca. Yo me quedé como
paralizada por unos instantes, sentí sus manos
acariciando todo mi cuerpo, al tiempo que su boca besaba
la mía con insistencia loca.
Algo dentro de mí que no sentía
hacía mucho tiempo, me hizo olvidar todas las excusas
que yo planeaba decirle, antes de marcharme. Hasta la
idea de irme desapareció totalmente de mi mente, en esos
momentos. Fabio no hacía otra cosa que acariciar mi
cuerpo y besarme, al tiempo que como si estuviera fuera
de sí repetía mi nombre de manera seguida, Rosa, Rosa,
Rosa.
No sé si fueron los besos, las
caricias o la manera insistente en que repetía mi
nombre, que ya no me importó nada, así que cuando sentí
que me estaba abriendo el vestido que yo estaba usando,
no hice nada por detenerlo.
En cosa de segundos ya Fabio me
tenía casi desnuda del todo, yo por mi parte de momento
me sentí tan excitada, que respondí besándolo de la
misma manera que él me besaba, y hasta comencé a soltar
la correa de su pantalón, y a los pocos segundos ambos
nos encontrábamos semidesnudos los dos.
Fabio me condujo hasta el sofá de
su sala, y recostándonos en el continuamos besándonos y
acariciándonos. Hasta que sentí sus dedos como jugaban
suavemente con los labios y clítoris de mi vulva. Fabio
no dejaba de repetir mi nombre una y otra vez, hasta que
me sorprendió colocando su rostro sobre mi coño,
besándolo con su boca.
En mi vida había sentido algo
semejante, mi marido nunca me había llegado hacer eso, y
se sentía tan bien, que me quedé con mis piernas bien
abiertas mientras que Fabio continuó lamiendo y chupando
mi coño hasta que disfruté de algo que hacía tiempo que
no sentía. Ya que Fulgencio, después de un tiempo, se
había convertido en un mete y saca y ya está.
Desde ese día Fabio y yo nos
convertimos en amantes, por él decidí bajar de peso,
cosa que hasta ahora, Fulgencio ni cuenta se ha dado, de
ninguna de las dos cosas.
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