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Tener
relaciones con la cuñada es un clásico en cualquier
conversación, quien no ha pensado o acariciado la
intención de tener un “asunto” de cama con la cuñada,
quien esté libre de culpa es por que no tiene cuñada.
Yo no soy la excepción, tengo una
cuñadita que está para llevarse todos los premios, por
belleza, gracia, sex-appeal y porque sí nada más.
Desde que la conocí me llenó los
ojos de ella, más de una noche teniendo sexo con mi
mujer cerraba los ojos y me imaginaba haciendo el amor
con Perla, tal es el nombre de la joya familiar, que por
cierto hace honor a su nombre.
Desde que mi novia me presentó a
Perla, doce años mayor que mi esposa, no tuve un momento
de calma, cada vez que asistía en la obligada visita de
novios no hacía otra cosa que buscarla, estar atento a
sus movimientos, era un karma en mi vida, ocupa y
preocupa mis sentidos. En sus treinta y tantos exhibía
contundente belleza que me dejó loquito, rápido supo
leer la pasión que despertó en mis jóvenes veintiún
años, más aún parecía solazarse y disfrutar el efecto
seductor que ejercía en mí, los catorce años que me
llevaba los había utilizado muy bien, sabía como ponerme
cada día más loco.
Diría que no le alcanzaba con
jugarla de seductora, sino que con el tiempo fue
agregando roces y jueguitos intencionados, como si
buscara acercarse con cualquier excusa, disfrutaba
tenerme cerca, a juzgar por la forma como apretaba mi
brazo cuando nos saludábamos parecía querer algo más,
pero tal vez por mi inexperiencia y su temor a producir
un problema familiar las cosas no llegaron a mayores. La
paz familiar prevalecía sobre el deseo que nos quemaba.
Ella ejercía cierta tutela sobre
mi futura esposa, por afecto y por diferencia de edad.
Fue madrina de casamiento, en la fiesta, con la excusa
de unas copas de más, no economicé elogios para los
atributos que se prometían en el generoso escote. Dejé
en claro mi admiración, halagada asintió con graciosa
aceptación, se mostró más complaciente y afectuosa que
en la habitualidad de la relación familiar, hasta me
pareció que me estaba dando pie para algo más, pero
deseché esa peregrina idea pensando que era todo fruto
del momento de excitación por la fiesta, el alcohol y el
entorno que modifica la percepción de la realidad.
La fiesta siguió, como se
acostumbra, hasta el desayuno, es decir que había mucho
tiempo aún para seguir con el viejo truco del alcohol
como excusa, no pierdo oportunidad para insinuarme
diciendo que me quita el sueño, con más tragos más valor
y en un aparte con Perla me arrimé para confiarle que me
“enganché” con Luisa, la desposada, para estar cerca de
ella. Fue en un momento que la invité a bailar,
justamente un tema lento, un almibarado bolero, acusó el
golpe, dudó, perdió el control dela situación, la dejé
descolocada y sin reacción.
Todo eso o tal vez algo que
desconozco motivó que me dijera bien pegada a mi oído:
- Al condenado a matrimonio,
siempre se le permite una última voluntad. Dime lo que
quieras o calla para siempre. - ¿Si eres Perla, cómo
será…? -simulé vergüenza y pudor, corté la frase con
poca convicción, por acicatearla. - ¿La ostra? Ibas a
decir… ¡La mejor!, ¡Sin duda, la mejor! - Aprieta y
suspira, para eludir cualquier duda. - Te creo, aunque…
- ¡Para!, con la calentura, después de la fiesta tenés
donde esmerarte. –apretó la pierna justo contra el
miembro y dijo: -Este postre tiene dueño hoy, ya veremos
al regreso…
Volvimos a vernos al regreso del
“mielerío”, nos invitó a su quinta, un trofeo de guerra
después del divorcio, para un fin de semana largo.
En la primera ocasión a solas le
recordé la promesa pendiente, atracción mutua, miradas
que podían derretir el hierro de la verja. Durante la
estancia no faltaron los roces osados, en la primera
ocasión que la tuve sentada frente a mí comenzó el
derroche de lujuria, separó bien las piernas para que
pudiera apreciar la trasparencia de la tanga, en cada
cruce de piernas no faltaba la pimienta de exhibir cada
vez más lento y más explícito el juego de
precalentamiento.
En este juego de alto contenido
erótico Perla gozaba ver como hacía para disimular el
efecto de su exhibición. La noche pasó calenturienta, no
hubo forma de poder tener un momento a solas, me tuve
que conformar con el desahogo habitual, para colmo
Luisas es una mujer de poco fuego, lo hace como a
desgano y por cumplir con el precepto del débito
conyugal.
Me levanté temprano, preparé
café, esperando… Llegó, me encontró mirando por la
ventana, apoyó su cuerpo contra mi espalda, dos tetas,
el perfume dice que es ella, sin voltear extiendo la
mano hacia atrás, busco su entrepierna, bajo la bata,
llego fácil a la entrepierna, no hay bombacha, acaricié
el suave vello, juego en la espesura, llego a la cueva,
me empapo en la espesa humedad, caliente. Suspira, gime,
vuelve a suspirar profundo, intenso, como quien se
desprende de una pesada carga.
- ¡Ah, ah!… ¡Siente que ostra
tiene Perla! - mientras me da un beso bien húmedo en el
cuello.
- ¡Vamos fuera! ¡Nos puede ver! -
sin dar tiempo al arrepentimiento, ¡cómo si lo fuera a
intentar!
Nos metimos en un galponcito,
trancamos la puerta, desnudo total, exhibe orgullosa las
tetas, carne firme, vigorosos pezones. Tomo algo de
distancia para una visión integral, mejor perspectiva
como la del artista que estudia su modelo, admiración
sería el término preciso para decir la impresión que
producía esa tremenda mujer, tantas veces imaginada y
ahora toda desnuda ante mí, ofreciéndome todos sus
encantos para mi placer.
Tanta hermosura y lujuria toda
para mí, era más de lo que podía ambicionar, tomada de
la cintura la senté sobre una rústica mesa de campo, que
al colocar tamaña belleza se engalanaba, la fina
porcelana cincelada por la pródiga naturaleza se ofrecía
como agua para sofocar el fogoso deseo que me consume.
Los labios afiebrados por la pasión buscaron la abertura
húmeda.
Lamer, mamar sin solución de
continuidad, saciar la calentura atroz que nos invade
por igual, mientras escudriño la profundidad de la cueva
ella prorrumpe en una retahíla de palabrotas obscenas y
soeces que son las únicas capaces de expresar su estado
calenturiento. Las manos son tenazas que me conminan a
quedarme dentro de ella hasta el fin del mundo.
Mientras mis labios y lengua le
prodigaban maravillosas sensaciones en el clítoris,
pretender acallar los gemidos, en realidad más parecidos
a los aullidos de una loba, era como querer tapar el sol
con un dedo.
El orgasmo alcanzaba su cúspide
cuando el dedo mayor de mi mano hizo su entrada triunfal
en el “chiquitín”. La profusión de jugos fue tal que
parecía que el volcán Krakatoa había entrado en
erupción.
Las piernas y sus manos eran la
gloriosa cárcel que me tenía secuestrado en su goce
supremo. Sentirla como se debatía en las contracciones
de un orgasmo jamás presenciado, era una maravilla verla
y sentirla, era el fruto de esfuerzo ganado con el sudor
de mi boca.
Los labios conservan el brillo
del jugo, prolijo vello púbico realza la jugosa ostra,
los dedos de Perla abren y exponer el interior rosado,
la sonrisa vertical que pide atenciones nuevamente, no
fue suficiente quería más, una máquina de gozar,
insaciable, pero esta vez tenía otro destino. Entre sus
piernas, accioné nuevamente el botón, la perla
clitoriana, liberó la desmesurada lascivia, profuso,
intenso y fogoso orgasmo, con el pulgar juego en la
conchita y el dúo de índice y mayor en el ano.
Despatarrada sobre la mesa, las
piernas colgando, inermes, abiertas, el vello brillante
de humedad. Volví entre sus piernas, las elevo hasta
colocarlas sobre mis hombros, me aproximo a la ostra,
con el miembro enhiesto y duro como el acero, apunto,
amenazo a la abertura con él. Recaliente apoyé la cabeza
entre los labios y en un solo envión entró la mitad, el
resto lo hizo ella traccionando con los talones en mi
espalda. Se sentía ajustado, profundo, intenso
movimiento de mete y saca, volvía a excitarse con
renovado entusiasmo. Goza y devuelve placer apretando
los músculos vaginales en torno del miembro que pistonea
con afiebrado deseo.
Era más que obvio que conocía
como complacer a un macho calentón, manejaba los labios
vaginales a voluntad, sentía como producía con ellos un
efecto que semejaba a la boca cuando succiona,
produciendo en el nacimiento del glande un efecto tan
placentero jamás sentido, movía la pelvis y caderas con
tal armonía y sincronismo que necesité de todo mi poder
de concentración para demorar mi orgasmo. No soy para
nada precoz, todo lo contrario, pero ante semejante
máquina de coger no era fácil demorarse y gozarla a
pleno.
Ahora soy yo el que le dice le
dice todas las procacidades para acrecentar el grado de
excitación, contestó con su propio vocabulario, fue el
espacio necesario para dejarme disfrutar un poco más de
la penetración por demás gozosa. Una estocada a fondo y
sostenida le hizo perder la compostura y apurar el
proceso, estaba llegando el momento triunfal, forzada
respiración, como pez fuera del agua, el corazón
latiendo a mil y las contracciones musculares eran
síntomas inequívocos de que el orgasmo está llamando a
su puerta.
- ¡Dale, cabrón! ¡Dame tu leche,
dame tu leche! ¡Da…me…! -Paró de vociferar para poder
respirar. - ¡Por favor, ven conmigo, estoy llegando!
¡Quiero juntos, vamos dámela!
No fue solo la súplica de Perla
sino que ya no podía aguantar más, apuré los últimos
movimientos coitales para ponerme a ritmo y consonancia
con su excitación y llegar juntos a la cima del mundo.
Me moví, nos movimos, un final a toda orquesta, me lancé
dentro de ella como para atravesarla, profundicé los
enviones cuanto pude, fueron menos sacudidas que las
deseadas por mí.
En medio de un descomunal orgasmo
de Perla volqué toda mi calentura, nos confundimos en un
solo grito, un solo estertor postrero que selló nuestra
comunión de almas.
El sonido a dúo de gozo fue el
arrullo de la emisión de semen, brotó incontenible, con
fuerza y cantidad imposible de mensurar. Quedamos
enchufados, soldados, sin poder ni querer salirme de
ella, permanecer así eternamente.
Al levantarme contemplé como el
riego espermático se escurría por el muslo de una mujer
agradecida.
Antes de concluir el fin de
semana hubo otras escaramuzas a la apurada. Lo mejor
vino en los encuentros de sexo que se sucedieron, pero
no por habituales dejaron de tener la espontaneidad y
fogosidad de esta primera vez, con el tiempo fuimos
incorporando nuevos incentivos a nuestro juego de sexo.
Esto será para otro relato.
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