Era mi primera vez en un bar. Al
sentirme solo, lejos de mi ciudad y en las condiciones
en las que estaba (tenía mucho dinero, había vendido
bien algunos de mis proyectos) sentí por primera vez la
necesidad de entrar a un lugar como ese.
Mi educación religiosa me
prohibía terminantemente fumar, beber o tener amistades
con gente a la que se pudiera considerar de "riesgo de
acercarme al pecado". Nunca lo hice de todos modos. No
tenía amigos, amigas y muchísimo menos una novia. Era un
muchacho decente, al menos eso siempre decían mis
superiores y mis padres. Estudie arquitectura, siempre
obtuve excelencia académica. ¿Qué mas podían pedir las
personas que esperaban algo de mí?
Mi secreto siempre fue el hecho
de que me gustaban los hombres. Me gustaban algunos de
mis compañeros. Recuerdo muy bien los remordimientos
cuando me di cuenta de lo guapos que eran algunos
sacerdotes y pastores. Era algo raro, porque desde
siempre que lo recuerdo sentí algo especial por mis
conocidos. Y entrar en ese lugar, un bar más o menos
decente del centro de esa ciudad que no era la mía
rompía con todo lo que llevaba establecido.
La gente me veía raro. Llevaba
traje azul marino, camisa de cuello bien almidonada y
perfectamente planchada y blanca. Mis zapatos estaban
lustrados, prácticamente nuevos. Llevaba mis gafas de
montura de pasta, no muy gruesas pero que me eran muy
útiles. No llevaba el portafolios, por lo que me sentía
un poco como desarmado. Mi piel es blanca, soy delgado,
alto, lampiño, de ojos claros. La inseguridad con la que
entre era perfectamente notoria para todos. Algunos
rieron y otros ni siquiera me tomaron en cuenta. Al cabo
de un rato y cuando me senté en una de las últimas
mesas, sutil y tenuemente iluminada, nadie me tomó en
cuenta. Llamé a un mesero y le pedí un agua mineral.
Nunca había probado alcohol. No sabía si hacerlo, los
efectos que causaría en mi, y en realidad no sabía qué
pedir. EL mesero fue otro de los que parecía muy
divertido con mi aspecto y con mi solicitud, pero no
dijo nada. Se limitó a ir y cumplir mi orden.
Y entonces sucedió. Por la puerta
del bar entró ruidosamente un grupo de muchachos que se
veía que ya iban algo tomados. El que parecía el líder
era el único que se veía un poco más sobrio que los
demás. Gritó algo al barman y le lanzó muchos billetes
de alta denominación. Al parecer eso calmó a los de
seguridad que ya se iban sobre de los intrusos, y la
calma monótona del bar regresó enseguida.
El mesero trajo mi agua mineral,
pero yo estaba completamente distraído. Observaba al
líder que, sentado en la barra, discutía de algo al
parecer muy gracioso con uno de sus compañeros. Era casi
un sueño. Alto, moreno, muy delgado, de cabellos negros
cortos y algo revueltos, una sombra de barba y bigote
muy curiosas. Vestía una camisa a cuadros de color
naranja, pantalón de mezclilla y, por alguna razón,
sandalias. Parecía muy hippie, con ese aire canalla que
embriaga los sentidos a primera vista. Definitivamente
me compró. Pero por supuesto, aunque mi mente voló de
inmediato a la máxima de mis fantasías, imagínense,
¡solo un beso!, no quise ilusionarme de ningún modo. Era
obvio que el tipo de la barra era de esos que les
encantan las mujeres, que tienen muchas a sus pies y que
jamás se fijarían en un hombre. Mucho menos en uno como
yo. Pero este relato no tendría objeto si nada hubiese
sucedido... ¿verdad?
De manera insistente observé
durante sabrá dios cuanto tiempo al muchacho de la
barra. No creí que él se diera cuenta, pero al parecer
sus sentidos estaban alerta. En un instante en el que mi
distracción era tal que casi tenía la boca abierta, el
me miró. Sus profundos ojos negros chocaron con los
míos. Sonrió de manera coqueta y regresó a su
conversación como si ese hecho hubiese pasado
desapercibido. No fue así, claro.
Cuando en realidad por mi mente
pasó salir del lugar he irme a mi casa, se escuchó una
discusión fuerte en el centro del local. Un hombre le
reclamaba a otro algo acerca de dinero. Vi desde mi
lugar una silla en el aire, algunos gritos de otros
hombres, y en ese momento solo pensé en encontrar una
salida, olvidándome incluso del tipo de la barra. Pero
no pude. Es raro como aunque no parecía haber mucha
gente, el remolino me atrapó, agazapándome contra el
rincón de mi mesa y apretujado por otros asistentes.
Entre toda la conmoción y el movimiento, sentí
claramente que una mano tocaba y apretaba con algo de
fuerza mis huevos y mi pene. La misma confusión hizo que
no lo tomara muy en cuenta, pero en ese momento, cuando
terminé sentado en ese rincón y se veía en el otro
extremo fuego, el chico de la camisa naranja de la barra
estaba junto a mí.
Era increíble como mi corazón
latía tan fuertemente que me dolía. El chico me miró sin
decirme nada, sin que su rostro expresara nada más que
un poco de sorpresa con el acontecimiento. No sé si mi
mirada fuese lo bastante obvia, pero sé que el ya se
había dado cuenta que lo observaba. Sin embargo allí
estábamos, juntos, un poco solos porque todo mundo
comenzó a moverse y a ignorarnos. El problema que me
había preocupado, de buscar una salida e irme, el ver
que todos reñían y que en el lugar había fuego, se
olvidó para dar paso a esa sensación de estupidez cuando
tienes frente de ti a la máxima de tus fantasías, y
mirándote.
- ¡Mira qué escándalo! - gritó
por sobre de la confusión
- ¡Vaya que sí! - respondí yo
- ¿Vienes seguido?? - dijo
entonces él
- No... ¡Es la primera vez que
vengo - confesé. No tuve miedo de decirle nada. Era como
arcilla en sus manos, aun en ese momento.
- ¿Quieres que vayamos a otro
lado? - exclamó
- Si... a donde tú quieras - me
oí exclamar a mí mismo, como desde lejos.
Una de las salidas laterales
estaba algo despejada, y nadie notó nuestra ausencia. Ya
estando afuera, estábamos en un callejón lateral.
Recargado en la pared, mi corazón latía fuertemente.
Respiraba agitado, pero el chico de los pantalones de
mezclilla se veía muy calmado. Nos miramos y alcanzamos
a sonreír. Una vez que recuperé el aliento, comenzamos a
caminar en dirección opuesta al centro de la ciudad.
- ¿Y qué business te trajo allí?
- dijo él de inmediato, con ese aire de coquetería que
al parecer era inherente a él.
- Pues... sucede que nunca había
ido a... ese lugar - corregí. No quería decirle
demasiado con respecto a mi inexperiencia. Era
innecesario. Se me notaba a leguas.
- ¿Dónde vas siempre entonces? -
preguntó él
- Eh... suelo salir poco - le
dije
- Ah, pues qué bien que te
encontré. Te puedo enseñar que es lo que hay por aquí -
dijo él, y añadió: - Me llamo Daniel - y me tendió su
mano, inusualmente limpia y suave
- Soy Kevin - le dije
- Pues mucho gusto, Kevin... - y
me estrechó amablemente las manos.
Recordando todo como sucedió, no
parece usual. No resulta lógico para una primera noche
fuera, pero así fue como pasó. Y realmente valió la
pena.
Entramos a otro lugar donde
parecían conocerlo muy bien. Nos recibieron de muy buena
gana, nos dieron una buena mesa, y charlamos de todo un
poco. De mi trabajo, de mi carrera, y finalmente terminé
confesándole que era un ratón de biblioteca. Él pareció
darle poca importancia, y me escuchó con la misma
atención con la que yo a él. Nos hicimos buenos amigos.
No era muy de noche, pero mi bebida (que el mismo pidió
por mi) estaba haciendo efecto. Me sentí raro, un poco
mareado, eufórico... como recién bajado de una montaña
rusa. El parecía muy normal y se portó bien conmigo
diciendo en son de broma que la primera vez siempre es
raro pero vale la pena... y no sabía bien a qué se
refería.
Cuando salimos, hacía un viento
ligero pero frío. Preguntó que si mi casa estaba lejos,
a lo que respondí que no. Incluso podíamos irnos
caminando. El dijo que su departamento estaba lo
bastante lejos de allí, y por la hora y la falta de
transporte, preguntó si podía, dadas las circunstancias,
quedarse en mi casa. Olvidado de todo lo que sentí por
el en un momento, quizá hasta inspirado por las copas,
le dije que mi casa era la suya pasando mi brazo sobre
su hombro. Aceptó gustoso el gesto y nos encaminamos a
mi casa.
La pulcritud que nos recibió le
impactó mucho. Halagó mis muebles, el tapiz y la
alfombra, diciendo que cuando el decidiera re decorar su
casa me llamaría a mí. Me sonrojé mas por mi
aturdimiento que por el cumplido y le dije que podía
quedarse en la recámara de los huéspedes. No objetó, le
dije dónde estaba y entramos. Le mostré el baño, y los
servicios, y cuando le ofrecí una pijama, comenzó a reír
diciendo que el dormía completamente desnudo, por lo
cual no lo necesitaba.
Y así, sin más, se despojó de sus
sandalias, se quitó la camisa y los jeans, mostrando un
bóxer de color negro, que dejaba entrever un bulto
considerable. Debido a todo lo que había pasado, no dije
nada. Solo lo miré atónito y no pude moverme. Así
comenzó todo.
El se sentó en la orilla de la
cama, frente a mí, agarrándose los huevos. Me observó
con una mirada inquietante, y dijo
- ¿Te gusta, verdad?
Me limité a mover la cabeza en
sentido afirmativo. No necesitó escuchar mas. Su bien
trabajado cuerpo se levantó, se acercó a mí y me tomó
como si fuese un muñeco de trapo. Mi respiración se
agitó y una vez más, el corazón me latía fuertemente. Mi
pene estaba completamente erecto, clamando ser liberado
de su prisión de una trusa blanca y muy tradicional. Su
rostro moreno tan cerca del mío me excitó mas. Tomó con
la mano derecha mis huevos, y con la izquierda me juntó
a él.
- No me importa cómo te veas...
ratón de biblioteca - dijo despectivamente, susurrándome
al oído - estas muy guapo y esta noche va a ser
inolvidable para ti.
Yo no dije nada. No moví la
cabeza. Y él se acercó a mi boca, y mordió mis labios.
El dolor me hizo abrirlos y entonces el penetró con su
lengua allí, mientras lentamente me desnudaba, retirando
mi traje azul marino delicadamente, pero con suficiente
rudeza como para mantenerme como estaba, en estado de
shock. Mi primer beso apasionado fue suave, dulce y un
poco agrio a la vez. En un momento estaba siendo parte
del magreo, y le quité por instinto los bóxers, dejando
al aire libre ese pene circunciso, largo, color marrón
oscuro, que se veía hermoso así tal como estaba. El hizo
lo propio, y mi blanco e incircunciso pene hizo
aparición en una erección como no lo había visto nunca.
El propio Daniel se sorprendió, pero no dijo nada. En
menos de un momento estábamos en la cama, besándonos,
tocándonos, el con toda la experiencia y yo con todo lo
que por naturaleza traía dentro. Me sentía torpe pero
deliciosamente plácido. Fue entonces cuando dejó de
besarme, se agachó hasta estar a la altura de mi pene,
lo tomó con la mano y lo acercó a sus labios. Lo besó,
lo lamió, lo mordisqueó un poco. Estaba en la gloria.
¡Se sentía riquísimo! El continuó con sus movimientos,
ahora metiéndose todo el palo del pene dentro de la
boca, subiendo y bajando con una destreza impresionante.
Y en un momento, sentí un ligero cosquilleo en la base
de los huevos, que se acrecentaba, con la sensación de
orinar pero como algo inevitable. No le dije nada. No
sabía si era orina, si era lo que siempre conocí como
eyaculación (pero que nunca había probado) pero solo me
dejé llevar.
De la punta de mi pene empezaron
a brotar una grises gotas de un líquido espeso, que
Daniel se tragó como si fuese un néctar delicioso. Yo
grité, gemí, le dije que estaba loco, que eso era único,
lo máximo. El primer orgasmo de mi vida fue el más
delicioso. Duró un buen rato gracias a la experta lengua
de mi amante momentáneo. Yo respiraba agitadamente. El
sudor corría por mi frente. Algunas lagrimas asomaron a
mis ojos. Estaba en la gloria.
Daniel, limpiándose en la piel de
mi delgado pecho dándome algunos besos y mordiscos en
las tetillas, se acercó a mi rostro para volver a
besarlo. Era un experto. Me habló entonces al oído, con
estas palabras que no olvidaré nunca:
- Eres un hombre maravilloso,
Kevin... como ningún otro que haya tenido... y ahora me
vas a dar más placer del que soñaste dar a alguien en
toda tu vida... relájate y no tengas miedo...
Me volteó hasta que le di la
espalda. Tenía miedo. En teoría sabía un poco de la
penetración anal. Estaba a punto de averiguar de manera
práctica todo lo que alguna vez leí. Seguía Daniel
besándome la nuca, abrazándome, y en un momento sus
manos tocaban mis nalgas, suavemente, como quien mide el
terreno que tiene ante sí. Volvió a bajar a la altura de
mi cintura con presteza, separó mis nalgas y metió la
punta de su lengua. Fue increíble. Sentí en los ojos, en
el rostro, en todo el cuerpo, ese mismo cosquilleo que
anteriormente con mi pene. Gemía y me dejé llevar por
todo el placer de que era capaz de expresar. En un
momento, uno de sus dedos estaba allí. En otro más dos
de sus dedos. El placer era tal que mi pene volvió a
erectarse, rosando con la tersa textura del edredón
verde de la cama del cuarto de visitas. Cuando sentí, un
placer inmenso me llenó. Al momento de penetrarme sentí
un escalofrío que recorrió mi espina hasta mi cabeza. SU
rostro estaba en mi nuca, se acercó una vez más a mi
oído, y susurraba cosas como: eres hermoso, eres
increíble, eres único... el vaivén aumentó, las
embestidas eran más fuertes, y en un momento los dos
gemimos más fuerte. Casi gritamos. Eyaculamos al mismo
tiempo, el dentro de mí y yo sin siquiera tocarme. Me
abrazaba fuertemente. Era increíble, era maravilloso, y
mi erección no cedía, porque los borbotones de mi semen
eran muchos así como los suyos que corrían por mis
piernas. El color de nuestra piel, tan diferente, era
uno en ese momento. No dijimos nada. Desnudos como
estábamos nos quedamos profundamente dormidos.
A la mañana siguiente, el ya
estaba despierto, desnudo en la ventana, mirando el
amanecer mientras fumaba un cigarro. Respiré hondo.
Recordé lo sucedido. Era fabuloso. Me puse de pie,
desnudo igual como estaba, y me acerqué a él. Al verme
me abrazó, me dijo que estuve increíble y que daba
gracias por haberme encontrado. No lo acababa de creer.
En esa mañana, aún después de un baño y ropa limpia,
repetimos la hazaña de la noche anterior, de manera mas
increíble. No sabíamos nada del otro. Pero nos unía un
sexo tan maravilloso que a él, como toda su experiencia,
le parecía único, y a mí, por ser el primero, no había
palabras para describirlo.
Pasaron las semanas y Daniel se
mudó a vivir conmigo. Me contó toda su vida, llena de
problemas y azares, y se olvidó de sus amistades con las
que entró en el bar el día que lo conocí. Me mostró las
cosas del mundo que no conocía debido a mi encierro en
los libros, pero todo lo hizo con tanto amor como jamás
creí conocerlo.
Llevamos varios meses viviendo
juntos, y espero que cuando él lea esta historia le
parezca tan increíble como lo fue vivirla.