-"¡Maldita sea!. Quiero ése
equipo funcionando mañana mismo, señorita. De lo
contrario, el siguiente trabajo de mantenimiento lo hará
en compañía de pingüinos en el Polo Sur"-.
- "¡Gilipollas!. No eres más
tonto porque no te entrenas". Pensaba Clara, cuidándose
mucho de no demostrar el infinito "aprecio" que sentía
por el comandante Rodríguez.
Cuando fichó por una empresa
líder en telecomunicaciones, nunca se hubiese imaginado
trabajando como técnico civil en una base aérea. Tendría
que estar en un despacho, en un edificio inteligente, en
pleno centro de Madrid, Barcelona o Valencia, codeándose
con ejecutivos…mejor ejecutivas y no en éste páramo
perdido del cuadrante noreste de la Península, rodeada
de milicos con exceso de testosterona. ¡Mierda!.
Al levantarse por las mañanas, le
gustaba la imagen que le devolvía el espejo: 32 años,
una técnico cualificada, buen tipo, con una carita de
niña traviesa en un cuerpo que era la envidia de sus
amigas y lesbiana militante. Tendría que ir pensando en
mover los hilos para volver a residir en un sitio
civilizado. "Otros seis meses aquí, a dieta de sexo
rigurosa, y me corto las venas".
"Venga, Clarita, piensa un poco y
haz que el mamón se la envaine".
El problema era peliagudo. Los
equipos de radar de la base habían dejado de estar
operativos el día anterior, la revisión en busca de
alguna pieza defectuosa no había dado resultado y el eco
que devolvía la pantalla, daba a entender que se había
montado otra estación a escasos 500 m de la base. Pero
no había ninguna, eso estaba claro.
Clara tuvo una idea. Un piloto le
había contado una vez cómo se destruían las estaciones
de radar de los serbios, durante el conflicto de Kosovo:
"Dejas que los cabrones te localicen, les sueltas un
pepino guiado y la puta bomba se guía sola con las ondas
de radar hasta dar en el blanco. Sencillo, ¿no?". Luego
tuvo que pararle los pies al audaz guerrero, con un
rodillazo en los huevos.
Tendría que emplear todos sus
encantos de seducción para conseguir que le firmaran el
papelito con el que sacar del almacén el equipo portátil
de microondas que necesitaba.
El aparato la guió hasta la zona
que ya había investigado la patrulla, el día anterior.
Tenía que haber algo. Y grande, por la potencia de la
señal.
"Esto es de locos. Aquí no hay
nada". Pero no se rindió. Volvió a calibrar el aparato,
ajuntándolo con precisión, hasta reducir la zona de
búsqueda a un cuadrado de 100x100 m.
Rastreó la zona como un sabueso
en busca de un hueso, investigando cada rincón,
apartando la maleza. Hasta que localizó un pequeño
cráter, escondido tras unos arbustos.
La tierra removida indicaba un
impacto reciente. "Esos mamones no lo han localizado".
Se coló dentro y removió el fondo hasta tropezar con un
objeto duro, en forma de pera, de unos 50 cm de diámetro
en la base y una altura de 75 cm, rematado por una
pequeña cúpula. Era imposible determinar que clase de
artefacto era aquel, con la superficie carbonizada
debajo de una costra de barro duro.
Decidió volver a enterrarlo,
eliminando toda señal del cráter y señalizando el lugar
con unas piedras. Cuando saliese de trabajar, recogería
el artefacto y lo llevaría a casa para estudiarlo con
calma. Le parecía que podía ser importante y no quería
dejarlo en manos de una pandilla de milicos
descerebrados.
Lo limpió de barro, intentando
eliminar la costra carbonizada sin ningún resultado. Lo
midió y pesó. Lo estudió con un escáner –otro préstamo
de la base- y volvió a medir con el equipo portátil la
emisión de microondas: Nula. "¿Qué estaba pasando
allí?". Una débil emisión electromagnética era el único
signo que le indicaba que aquello era algo más que un
cagallón de dinosaurio. Frustrada, terminó por colocarlo
sobre la mesa baja del salón.
Se inventó una peregrina
explicación para zanjar el incidente, que los milicos
aceptaron sin tener ni puta idea de qué hablaba, y todo
volvió a la normalidad. Un informe técnico era algo que
no despertaba el entusiasmo de los mandos de la base.
Al cabo de una semana, Clara dejó
de obsesionarse por su descubrimiento. Seguían presentes
los interrogantes, pero sólo a nivel inconsciente
pensaba en ellos. Aquello no era un comportamiento
habitual en ella. Si algo la preocupaba, lo analizaba
con espíritu crítico, dándole mil vueltas hasta
encontrar una explicación razonable y basada en pruebas.
Y no le gustaba nada llenar la casa de trasto inútiles.
Mientras tanto, soñaba con
antiguas amantes. De haber estado despierta, podría
recordar el nombre de la mitad de ellas; el resto eran
fantasmas del pasado. Pero los sueños tenían un realismo
impactante, excitante. Se despertaba sudando, cachonda
perdida, recordando cada detalle y en un estado febril
que sólo lograba mitigar masturbándose furiosamente bajo
la ducha. Aquello tampoco era normal.
Pensó en entregar el objeto a la
universidad. Lo pensó mejor y lo descartó. Intentó
tirarlo a la basura y no pudo.
Decidió volver a enterrarlo en el
mismo lugar dónde lo había encontrado, pensando
estupideces sobre espíritus cabreados por haber
profanado su santuario.
Y volvieron a producirse
anomalías en los radares.
Aquella noche de viernes, sentada
en el sofá, sólo miraba el misterioso objeto. Se había
pasado con el vodka y la ducha no le había servido de
mucho…mañana tendría una horrorosa resaca. Volvió
desnuda al salón, algo la atraía. Volvió a ensimismarse
mirando el misterioso objeto y se durmió.
Clara se despertó soñando. Un
sueño maravilloso. Unas pequeñas hadas, de pequeña
soñaba con hadas, revoloteaban a su alrededor,
acariciando su piel desnuda con las alas, posándose
sobre ella sin sentir su peso, bañándola en una lluvia
de polvo de oro.
Las sensaciones eran exquisitas.
Jamás la habían acariciado con tanta dulzura. Su cerebro
era incapaz de procesar todos los deliciosos matices que
aquellos pequeños seres provocaban en todos,
absolutamente todos, los terminales nerviosos de su
cuerpo.
Se tocó por un instante, y sus
dedos se pringaron con una cascada de flujo que manaba y
goteaba.
Notó una ola de fuego creciendo
en su interior, llenándola y creyó reventar de placer.
Un terremoto que conmovió cada fibra de su cuerpo, con
sacudidas intermitentes a modo de réplicas. Un orgasmo
celestial.
¡Pero no soñaba!. Simplemente, se
negaba a creer lo que sus ojos le mostraban: cuatro
diminutas hadas, bellísimas, que ahora giraban en torno
a su cabeza, mirándola a ella como sorprendidas…y el
extraño objeto abierto sobre la mesa.
"Estoy para que me encierren.
Ahora despertaré y se habrá acabado el cuento". Pero
sabía que no, que ya estaba despierta. Y para
confirmarlo, decidió verbalizar los confusos
pensamientos que se atropellaban en su cerebro, buscando
afirmarse en su propia voz.
-"¿Quiénes sois?. ¿Qué queréis de
mí?. ¿Conocéis a un tal ET?. ¡Ja, ja, ja!"-.
No contestaban. Al menos, no con
palabras. Pero tenía que admitir que existía algún tipo
de comunicación. Aquellos seres le transmitían paz,
bienestar y confianza. Podía confiar en ellos.
¿Telepatía?. "¡Qué más te da, tonta!. Y si vuelven a
repetir lo de antes, creeré en meigas, trolls, faunos,
sátiros y toda la corte celestial mitológica, lo juro".
La noche fue larga. Respondiendo
a sus deseos, la indescriptible experiencia se repitió
una y otra vez hasta el amanecer, dejándola exhausta.
Pero pudo dormir con una sonrisa de felicidad en los
labios, olvidada hacía tiempo.
Se despertó tarde. El sol se
filtraba por las cortinas de la ventana, creando una
atmósfera irreal. Se tocó los pechos y descubrió,
sorprendida, que aún tenía los pezones duros. Seguía
estando cachonda. "Serás golfa, Clarita". Apenas le dio
tiempo a pensar nada más. El baile comenzaba de nuevo,
con las hadas revoloteando alrededor de la cama.
Tendría que inventar alguna
excusa ante los vecinos, cotillas, como todos los
vecinos. Un pensamiento vagamente coherente, mientras
aullaba como un animal entre espasmo y espasmo.
Retorciéndose en la cama, mordiendo la almohada hasta
desencajarse las mandíbulas, en un vano intento de dejar
de chillar.
Le gustaría sentir algo más
físico, real, no sólo la excitación de sus terminales
nerviosos. Unas manos amasando sus pechos, acariciando
los pezones, congestionados y a punto de reventar. Una
lengua deslizándose por sus chorreantes muslos, con
intenciones perversas y…
¡Sentía las manos!. Si cerraba
los ojos, no podría jurar que aquellas manos no eran
reales. Ocho manos. Juguetonas y sabias.
¡Y qué lenguas!. Cuatro bocas,
chupando, lamiendo, mordiendo, cada una con una lengua
de fuego, llegando a puntos imposibles de alcanzar.
Cuando terminó la sesión, por
puro agotamiento, había anochecido. Su cama era el campo
de una batalla homérica, regada con su flujo.
El domingo se obligó a levantarse
sin pensar en sus nuevas amigas. Tenía que hacer acopio
urgente de provisiones. De camino al drugstore, decidió
que no sería una compra de fin de semana. Mejor una
compra para una semana o dos, hasta llenar el maletero y
los asientos traseros del coche. Si esas diablillas
comían como follaban, comerían igual que leonas.
Una cosa llevó a la otra y acabó
haciendo una llamada a la base: "Si, fatal. He comido
algo en mal estado y estoy que me quiero morir. Me voy
en tren a Madrid. Quiero que me hagan unos análisis.
Llamaré la semana próxima. Dile al comandante que no se
preocupe". Todo ello dicho con voz de ultratumba a un
sorprendido cabo de guardia.
Ya está. Ahora, desconectar el
teléfono, apagar el móvil, sacar un billete de tren que
no pienso usar, bajar las persianas…y chillar bajito. Ya
le diré a Marga que me mande un historial clínico de
haberme librado por los pelos de un colapso digestivo.
Al entrar en el apartamento, ni
se preocupó de vaciar las bolsas, estaba pensando en
otra cosa: dos horas sin correrse, una barbaridad.
Los días siguientes los dedicó a
la experimentación:
¿Cuántos orgasmos seguidos era
capaz de aguantar antes de perder el conocimiento?: 18.
Nunca fue multiorgásmica.
¿Cuántas veces podía perder el
conocimiento en un día?: 4.
Siendo como era lesbiana pura
(jamás había tocado ni chupado una polla, ni mucho menos
se la habían metido)
¿Podría ser capaz de experimentar
una penetración?: ¡Si!.
¿Podría llegar a gustarle?:
¡Joder, siiiiiiii!.
¿Y una doble penetración?: ¡¡¡Si,
si, si…..si!!!.
¿Y algo más contundente que una
polla?: Lo que sea. Por delante y por detrás. Hasta un
barril.
Días después, -ya no recordaba,
ni le importaba, en qué día vivía- tuvo conciencia de
haber perdido el control de sus actos y sus
pensamientos. Se había convertido en yonki de una droga
maravillosa, pero tendría que pagar un precio. Siempre
hay un precio.
Las hadas seguían
proporcionándole placer, demasiado placer; pero se
habían vuelto quisquillosas con la dieta. La obligaban a
comer continuamente. También empezaron a mostrarse un
poco bruscas. No le gustaba que la mordiesen, pero las
marcas de sus dientes, finos como agujas, cada día eran
más numerosas en su piel.
Empezó a temer al sueño. De los
sueños cachondos de los primeros días, cuando aún no
habían aparecido las hadas, paso al sueño sin sueños de
los agotadores días que siguieron a su aparición; y de
ahí, a los sueños llenos de visiones de los últimos
días. Visiones aterradoras.
Se veía a sí misma como una abeja
reina, portando miles de huevos. Sólo que no ponía
huevos, les prestaba su calor, los empollaba en su
interior, se alimentaban de ella.
Poco después, su cuerpo empezó a
deformarse con grotescas formas: una especie de bubas,
del tipo que se describían en las crónicas medievales de
la peste. Las hemorragias eran frecuentes.
En la última fase de su
transformación, las hadas -, ahora ya no las veía como
tales, pequeños demonios-, dejaron de recurrir a las
visones. Le hablaban directamente a su mente. Era inútil
taponarse los oídos. Había servido a sus propósitos y
querían que supiera…
"De todas las formas de vida
existentes en el universo, la nuestra es la más
evolucionada. A nivel individual, somos organismos
unicelulares, con capacidad para asociarnos y formar
cualquier tipo de estructura multicelular. Podemos
adoptar cualquier forma imaginable, desde la más básica
a la más compleja. Pero lo que nos hace únicos es
nuestra consciencia: formada por todos y cada uno de
nosotros y, por tanto, común a todos.
¿Cuál es tu papel en todo esto?:
Ya lo intuyes. Eres una incubadora. Apenas faltan unas
horas y debes saber. Morirás, pero habrás cumplido tu
función. Y dentro de unos meses, toda tu especie habrá
desaparecido del mismo modo.
¿Tiene algún sentido todo esto?:
Lo tiene. No esperamos que estés de acuerdo. Pero tienes
que comprender. No somos seres de otro planeta. De
hecho, somos seres de todos los planetas. Guardianes de
la vida. Puedes considerarnos como una especie de
linfocitos. Eliminamos los virus que suponen una amenaza
para éste o para cualquier planeta vivo. Y el virus a
erradicar sois vosotros: os habéis convertido en un
cáncer.
¿Por qué adoptamos forma de
hadas?: Soñabas con hadas, ¿no es cierto?. Y ansiabas el
placer. Complacemos a nuestros anfitriones.
Comprendes, ¿verdad?. Ahora,
desconectaremos tu mente. La hora se acerca y los
síntomas no son agradables. Así es mejor".
Clara comprendió. No estaba de
acuerdo, pero comprendió.
Al menos, haría realidad su más
íntimo deseo: ser madre.