Los ojos de Lucía habían sido
vendados, dejándole a oscuras permitiendo que la
inexistencia temporal de imágenes le permitiera desatar
las cerebrales, conectarse con lo que sucedía a su
alrededor.
Lejos quedó la habitación
iluminada con los rayos de sol de la tarde montevideana,
la brisa con aroma a mar, los rumores de la calle, las
vidas agitadas de seres casi sin alma.
Las manos de aquel hombre
recorrían con vehemencia el breve cuerpo de Lucía en un
recorrido no escrito, dictado en su mente por sus más
oscuros deseos. Su primer destino fueron los brazos de
Lucía, sus axilas, deslizándose parsimoniosamente hacia
sus senos. Los encontró tibios y voluminosos, realzados
aún más debido a la posición de los brazos y las muñecas
atados a la cama. Los pezones se vislumbraban como dos
grandes elevaciones rosadas, erectos, denotando aún más
la excitación que invadía su cuerpo.
Las caricias se detuvieron dando
lugar a besos muy breves, quizás muy infantiles que
comenzaron a poblar el abdomen de Lucía y fueron
escalando por su tórax insinuándose hacia los senos,
pero finalmente escurriéndose hacia el cuello, mientras
una mano rozaba el costado de una de sus nalgas. Los
labios de él se volvieron a posar en los de ella y la
lengua se metió enredándose en la suya.
Lucía entre gemido y gemido
trataba de predecir hacia donde iría la próxima caricia,
dónde se detendría esta vez. Pero perdió la apuesta de
nuevo, cuando el cuerpo de él se colocó de tal forma que
permitió que su pene se hundiera en la boca de ella
escabulléndose como un ratón entre gemido y gemido.
Lucía no rehusó tan exquisito
manjar y lo degustaba de la mejor manera posible debido
a su posición. Extrañaba el sabor de su piel, dulce y
ajena. Su lengua se convirtió en un pequeño látigo que
hacía que él se moviera con más celeridad excitado por
aquellos juegos.
Si sus manos hubieran estado
libres las hubiera usado para tomar el pene entre las
manos, permitiendo que su calor pasara hacia sus
pequeñas palmas. La posición de su cuerpo permitía que
la cola de él quedara muy cerca de su cara, y
eventualmente entre el roce de sus labios con su pene y
otro lograba rozarla. Le hubiera gustado rozar su ano
con la lengua provocándole gemidos y palabras inconexas.
Repentinamente Lucía fue liberada
de sus ataduras. Él se ubicó encima colocando su cola
sobre el monte de Venus y dejando reposar su pene duro y
tibio sobre el vientre de Lucía. Él le murmuró al oído:
“Quiero que me acaricies. Necesito sentir tus manos”. Y
fuera una orden o el más íntimo de sus deseos Lucía pasó
a ejecutarlo remisamente.
El punto de partida lo constituyó
su propio vientre deslizando la punta de los dedos hacia
su pene. Lo rozó, lo recorrió, volvió a sentir su
tibieza, la piel de un hombre capaz de dar placer y
sumamente cabal para saberlo recibir.
Lucía no podía verlo e ignoraba
entonces lo que en la habitación sucedía, ni sus gestos,
ni como arqueaba su columna, ni como mordía sus labios.
Ahora Lucía desplegaba sus manos hacia los testículos,
intercalando éstas caricias con otras con el resto de la
piel.
Él solo expelía gemidos y
palabras que no siempre Lucía podía decodificar. Él le
dijo:
-”Mmm bebé eres muy buena
haciendo esto”.
-Soy buena haciéndote el amor –le
replicó ella.
Los gemidos paulatinamente se
fueron incrementando más y más, hasta que en un momento
se hizo audible un gemido más estruendoso y los senos de
Lucía se salpicaron con un líquido blanco y tibio.
La escena era esplendorosa aunque
yo la observaba por una televisión que retroalimentaba
la información de una grabación en la cual me veía
retratada.