Aquella tarde de primavera había
sido muy esperada por mi.
Finalmente, luego de tantas
semanas de postergaciones, quedamos en encontrarnos
con Cecilia, nombre por el cual
yo la conocía, no se si es el verdadero o no,
pero la verdad es que eso era lo
que menos me importaba.
Cecilia había sido compañera de
un trabajo hace ya casi tres
años, y en el período en que
trabajamos juntos logramos establecer una relación
entre nosotros bastante
agradable. Nunca habíamos tenido sexo, pero llegamos a
hablar de ello. El tema fue que
yo tuve que moverme del empleo que tenía y nos
separamos físicamente, pero nunca
nos dejamos de escribir. Ahora tenía la
oportunidad de encontrarme con
ella, a solas, como siempre había soñado, y no la
iba a desaprovechar.
Cecilia es casi diez años menor
que yo, un rostro hermoso y
un cuerpo muy bien formado,
aunque no llamativo, pero que no le faltaba ni le
sobraba nada. Tal vez, pienso que
lo que siempre le faltó es ser más sexi. Es
que ella es tan linda que parece
más bien aniñada. Cuesta imaginársela en
situaciones más agresivas. Pero
yo ya lo había logrado. Había roto el mito de la
fidelidad mutua, y ambos
deseábamos, aunque solo sea por esa vez, entregarnos el
uno al otro y gozar de nuestras
fantasías.
Yo soy casado, y ella tuvo
siempre novio, aunque no siempre
el mismo, así que nuestra mutua
atracción se veía bloqueada por nuestros
principios y por nuestras
costumbres, por nuestros prejuicios y por nuestra
mentalidad no tan abierta. Pero
luego de tanto escribirnos por correo
electrónico, diciéndonos cosas
que tal vez no nos hubiéramos dicho cara a cara,
logramos ponernos de acuerdo en
que era momento de estar juntos, ya dije, aunque
tan solo sea ese día. Y ese día
llegó. Levanté a Cecilia en mi auto en una
esquina céntrica de Montevideo,
ciudad donde viví desde siempre, salvo estos
últimos tres años en que tuve que
trabajar en Punta del Este. Verla nuevamente
me causó un gran placer, estaba
igual que siempre, hermosa y con buena figura.
Solo en los movimientos que hizo
al subir al auto me di cuenta que no llevaba
sostén, y sus senos, de mediano
porte se notaban sueltos.
Llevaba una remera corta,
ajustada, que dejaba ver un pequeño
piercing en su ombligo, el cual
yo ignoraba que tenía, incluso si era nuevo o de
cuando nos conocíamos, y unos
pantalones ajustados, que resaltaban su hermosa
figura. Creo que estaba más
delgada de cuando la había conocido. Diría que
estaba esplendorosa. Me cautivó
inmediatamente. Nos dimos un beso en la mejilla,
ella siempre sonriendo, y me dijo
que había estado esperando este momento con
mucha ansiedad. Que estaba muy
contenta. Yo le manifesté que la alegría era
mutua. Acordamos inmediatamente
ir a un hotel en las afueras de la ciudad. Le
dije donde y me dijo que era muy
costoso. Le dije que ella lo valía. Se sonrió y
no dijo más nada sobre el tema.
Durante el viaje hablemos de lo
que habíamos hecho en ese
tiempo, de cómo nos encontrábamos
etc. etc. En aproximadamente media hora ya
habíamos llegado al lugar.
Guardamos el auto, y entramos en la habitación,
lujosamente decorada. Diría que
era el lugar, la mujer y la situación soñada por
cualquier hombre. Una vez a solas
me acerqué a ella, la rodee con mis brazos y
le di un largo beso, que ella
respondió con gusto. Seguimos besándonos a medida
que nuestras manos buscaban
comenzar a deshacernos de las ropas que llevábamos.
Como dije, ella no llevaba
sostén, si una pequeña tanga que le quité en medio
del frenesí. Así en poco tiempo
estábamos besándonos, desnudos sobre la cama.
Fue realmente agradable besar sus
senos. Sus pezones se
habían puesto duros, respondiendo
a mis caricias y a mi lengua. La besé por todo
el cuerpo, especialmente sus
pechos, su cuello y su hermoso rostro. Ella parecía
estar disfrutando ese momento lo
que a mí me llenaba de placer. Seguí besándola
más y más abajo, sobre su ombligo
adornado, y en su pubis.
Ella fue muy receptiva de estos
besos. Gemía de placer y me
pedía que siguiera. Yo apretaba
suavemente sus pezones con mis dedos, acariciaba
todo su cuerpo desnudo y no
dejaba lugar sin pasar mi lengua. Por su parte ella
también me besaba, y cada vez más
cerca de mi pene, el cual estaba muy erecto y
duro, producto de la enorme
excitación del momento. En determinado momento se lo
llevó completamente a su boca,
dándole suaves caricias con su lengua,
produciéndome un placer
inigualable. Estábamos en el paraíso. Me gustaba mucho
la suavidad de su piel, el calor
de su vagina, impregnada a esa altura con sus
jugos. Involuntariamente llevé
mis dedos dentro de ella, mojándomelos con sus
fluidos, y haciéndola gemir de
placer. Acaricié el interior de su vulva y su
clítoris un buen rato, y ella me
pedía que no parara nunca. Yo sentía especial
atracción por sus hermosos senos,
sus duros y erguidos pezones y su rostro
angelical. Ella, por otra parte,
hacía todo como si estuviera disfrutando mucho
ese momento.
Todo el tiempo con una expresión
de goce que me alentaba a
seguir cada vez con más énfasis.
Sin darme cuenta, en un instante estaba
entrando en su cuerpo. Ella
produjo un inicial y fuerte gemido de placer, y
comenzó a acompañar mis
movimientos al penetrarla con otros gemidos más suaves.
Yo ya estaba demasiado excitado
como para poder controlar mis impulsos. Mi
cuerpo fue acelerando cada vez
más el vaivén. Ella, totalmente lubricada,
recibió mi miembro sin problemas.
Por lo demás no soy un superdotado. Al mismo
tiempo le masajeaba sus pezones .
Llegamos casi juntos al orgasmo. Ella recibió
mi semen dentro suyo y suspiró
con fuerza, como agotada por el trajín del acto
sexual.
No me conformé con esto. Continué
besándola por todo el
cuerpo, su cuerpo desnudo,
perfecto, era para mi una fuente de placer.
Permanecimos juntos esa tarde por
más de cinco horas, en las cuales Cecilia me
brindó lo mejor de ella, y yo
intenté no ser menos.
Quedamos en volver a
encontrarnos, pero aún no sé cuando,
espero que sea pronto. Fue
realmente una gran tarde de placer.