La vida de un hombre casado, o
por lo menos la mía transcurre
dentro de una adormecedora rutina
que muchos consideran el paraíso terrenal. En
la semana madrugar al trabajo,
regresar para compartir con los hijos, un poco de
deporte o lectura y un poco de
televisión. El fin de semana para los niños, la
casa, de vez en cuando una salida
especial. Y de vez en cuando hacer el amor
antes de dormir por que el amor
ya no da para más.
El sueldo alcanza para comer
bien, pagar el arriendo de un
apartamento en estrato cinco,
tener un carro y ahorrar para el futuro de los
hijos. La vida ideal. La vida
adormecida. La paz, el retorno al huevo. A los
sesenta y cinco años el hijo
mayor que de pronto será doctor me gastará un viaje
a Europa y diré en mis memorias
que viví.
Pensé que esa sería la rutina de
mi vida. Solo podía salvarme
con un choque frontal con otra
realidad, con otras ideas, con otro mundo. Pero
la misma rutina no da espacios
para otros mundos, es como estar aislado del
universo en la inmensidad del
planeta tierra. Aparentemente eres libre, pero
libre dentro de la cárcel de la
rutina.
¿Cómo encontrar esos espacios?.
Como no podía saberlo, era
mejor aceptar la rutina que
aceptar el fracaso y la prisión.
Así transcurrían los días, los
meses y los años.
Pero algo pasó.
Lógicamente, el mas amplio
espacio diferente al huevo, dentro
del huevo, era el trabajo. Mis
constantes viajes a diferentes ciudades del país
me permitían disfrutar de
esporádicas libertades. Como eran viajes cortos y a
diferentes destinos, no era
posible conocer a nadie. La opción más obvia eran
las prostitutas. En Cartagena
conocí una niña divina, conversé con ella toda la
noche, bailamos algunos discos,
pero no era capaz tener relaciones de ese tipo.
Nos despedimos como amigos, es
mas, me dijo su verdadero nombre, Andrea, y me
mandó saludos después con otra
persona que frecuentaba el lugar. En conclusión,
en los viajes las mejores
libertades eran ir a cine y trotar por las playas y
parques de ciudades extrañas. Me
hice a la idea que podía conocer las ciudades
trotando, así aprovechaba para
hacer ejercicio. En un año recorrí mas de 300 km,
pero ni un solo centímetro de
vagina.
De todos modos el trabajo seguía
siendo el único escape.
Y un día la vi y me gustó. Claro,
una compañera. Había leído
que la mayor proporción de
infidelidades matrimoniales se daba en el trabajo y
me dije, creo que entraré a las
estadísticas. De todos modos yo era tímido y la
veía como una amiga muy especial.
No pude evitar comenzar a saludarla cada vez
mas frecuentemente. No tenía
ningún propósito o meta, simplemente me atraía.
Ella era casi indiferente o
tímida, después descubrí la verdad, pero no
correspondía de igual manera mis
saludos.
La invité a compartir algunos de
los pocos espacios de
libertad con los que disfrutaba:
Trotar. Ella aceptaba y compartíamos todo lo
que puede tener de intimo una ida
a trotar. Una noche regresé de mi casa al
trabajo y me encontré con ella.
La saludé y conversamos un rato. Yo solo quería
verla, el tema era
intrascendente. Tenía un tímido escote pero suficiente
para
hacérmela parar y pensar
pendejadas. Yo no me aguante y le dije: puedo besarte.
Ella se sonrojó y no musitó
palabra y como el que calla otorga le estampé un
piquito en los labios
herméticamente cerrados. Nuevamente no sabía si era
timidez o desinterés. Ella
simplemente me dijo: es mejor que se vaya. Me fui con
el rabo entre las patas pensando
que le había disgustado, que bruto. Pero la
seguí invitando a trotar y ella
casi nunca dijo que no.
Un día aburrido de la rutina
decidí ir a cine solo después
del trabajo. Era una de mis
mayores aficiones cuando vivía. En la salida me la
encontré y le dije: te acompaño
hasta el bus y en el camino la invité a cine.
Ella aceptó.
Yo ya no tenía esperanzas, me
había resignado a verla como
una linda compañera y listo y
claro, me gustaba conversar y trotar con ella.
Entramos a cine y estaba haciendo
un frío espantoso, ella tenía una pequeña
blusa café escotada que no
olvido. Los dos teníamos frío. Seguía pensando en que
me gustaba y después de un rato
yo la abracé para mitigar su frío. Ella no dijo
nada. Mis inquietas manos no
soportaban la quietud y los dedos, solos, sin
ordenes mías, comenzaron a
acariciar lentamente sus desnudos hombros. Ella no
dijo nada. Mis brazos son largos,
muy largos. Mis caricias lograron el objetivo
de proporcionar un poco de calor.
La quietud de ella me invitaba a explorar
nuevas regiones. Mis dedos
bajaron por sus brazos en busca de otras áreas con
frío. Ella no dijo nada. Tratando
de proporcionar calor a la mayor cantidad de
zonas posibles llegué a sus
senos. Ella dijo: loquito. Yo me asusté. Era la
primera palabra desde que me
lancé y no sabía si era siga o pare. Yo le
contesté: un poquito, ¿Tiene
frío?. Ella me respondió: Si. Y yo le dije: ¿Te
abrazo un poco?. Bueno, dijo
ella. Para mi eso era luz verde. Acaricie sus senos
muy delicadamente y por mucho
tiempo. Ella no decía nada, tampoco actuaba.
Recuerdo la película: "Escrito en
el Cuerpo". Era la historia
de una escritora que exploraba
nuevas posibilidades literarias y sensoriales a
través de escrituras corporales.
La película era muy racional y sensual a la
vez. Una mezcla embriagante. Esa
sensualidad se confundía por momentos con la
nuestra y subía y bajaba de
intensidad con las escenas de la película. Sentí
frío, mucho frío y pasión mucha
pasión. La película se acabó en medio del frío y
mis caricias, nada de lo que pasó
estaba planeado, ni por ella ni por mi.
Salimos al tibio clima de Cali,
al bullicio, a la multitud. No hubo palabras, no
hubo comentarios. Aunque
tácitamente estabamos compenetrados en la experiencia
de relacionarnos, para ninguno de
los dos era explícita la situación. Era una
ingenua timidez, una hermosa
espontaneidad, unas espectaculares caricias.
Ibamos nuevamente hacia el
trabajo para celebrar la despedida
de un buen compañero de trabajo
que se había retirado. Todo iba a quedar ahí,
por lo menos esa noche. Pero yo
la deseaba, quería seguir acariciándola, quería
besarla, quería tocarla, quería
experimentar el renacer de la vida. Le pedí el
favor de que me acompañara a un
cajero de CONAVI que quedaba un poco retirado de
la vía. Ella accedió. Salimos del
cajero por un callejón solitario y nos besamos
largo, muy largo, muy dulce. El
callejón desembocaba en un parque donde
nuevamente nos besamos, nos
abrazamos intensamente. Mi erección era evidente
para mi y para ella que soportaba
mi presión sobre su abdomen receptivo. Después
del parque llegaríamos a una
calle muy cercana a la oficina y paramos para
besarnos por ultima vez antes de
entrar a la despedida. En medio de los besos y
caricias empezó a llover. La
suave brisa se interponía entre nuestros labios, el
calor de nuestro deseo evaporaba
las gotas que nos caían. Fueron muchos besos,
antes de decidir continuar, pero
muy pocos segundos para regresar y continuar
besándonos. Estamos mojados, es
mejor no entrar a la fiesta, dijimos y entonces
decidimos caminar sin rumbo.
Nos besamos en cada rincón que
encontrábamos en el camino.
Las caricias fueron
evolucionando, cada vez menos tímidas. Recuerdo que el
separador de la calle quinta nos
acariciamos nuestros sexos tiernamente, yo
solté mi correa y ella me lo
aprisionó suavemente con su mano.
Decidí acompañarla caminando
hasta su apartamento, todavía
estabamos a muchos besos y
caricias de llegar. Estando un poco mas cerca cuando
hablamos un poco. A pesar de todo
lo que había sucedido hasta ese momento yo
simplemente la estaba acompañando
hasta su apartamento. No sabia como decirle
que deseaba hacerle el amor. Con
palabras tímidas y ambiguas algo insinué, no
recuerdo las palabras de aquella
conversación. Ella también me deseaba y también
era tímida, pero tomó la
iniciativa y simplemente me dijo: ¡vamos!.
A partir de ese momento mis
palpitaciones que ya eran rápidas
se aceleraron un poco mas, el
calor invadió todo mi cuerpo y solo deseaba llegar
rápido a su apartamento.
Caminamos varias cuadras mas y llegamos a la unidad
residencial donde vivía, subimos
las gradas rápidamente y por fin, llegamos al
apartamento.
No puedo decir que no lo había
deseado, claro que si, pero
era como un pensamiento
fantasioso, esos que tanto me acompañan, como vivir en
una finca, ganar una medalla
olímpica, viajar por el mundo en una bicicleta,
caminar por el desierto y tantos
pensamientos fantásticos con que embriago mi
vida, ahora era real.
Entramos a su habitación, ya no
había timidez ni temores. Su
cama estaba en el piso, lo cual
dificulta sentarse, entonces nos acostamos.
Apagamos la luz y comenzamos a
besarmos, ella estaba sobre mi. Nos besábamos con
cariño con mucho deseo, con
calidez, en paz. No sentía ninguna culpa, ningún
peso de conciencia moral, sentía
un renacer de la vida, de la sensualidad, era
una reencarnación. Sentía un
hermoso ser sobre mi cuerpo amándome y amándola,
con verdad. Era un saludo
especial, como un abrazo prolongado que iba un poco
mas allá, un abrazo prolongado
fundiéndose los cuerpos por los besos y caricias.
El amor es difícil de definir.
Algunos opinan que es un
proceso de evolución de los
sentimientos hasta llegar a un estado especial, de
AMOR. Otros piensan que es un
sentimiento irracional, un encuentro de dos almas
que estaban destinadas a ello.
Otros piensan que la búsqueda del amor esta
condicionada por las
frustraciones sexuales infantiles. En fin. En esta
ocasión
el amor era la comunicación, la
conversación intima de dos almas terrenales que
usan la hermosa herramienta de su
cuerpo para dialogar. Toda la química de
nuestros cuerpos, todo la
evolución del instinto de nuestra especie como macho y
hembra, el sentimiento y nuestras
mentes estaban comunicándose en silencio.
Y sucedió, simplemente sucedió.
Las palabras de nuestra corporal
comunicación fueron
pausadas, yo besé sus lindos y
pequeños senos, ella me quitó los pantalones, y
me beso mi cuerpo, muchos besos,
cosquillas muy delicadas en mis muslos, mi
erección era fuerte. Comenzó a
besarme mis testículos mientras los acariciaba
con sus finas, largas y blancas
manos. Yo solo pude cerrar mis ojos para
alejarme un poco del mundo. Subió
por el cuerpo de mi pene centímetro a
centímetro con pequeños chupones,
mi respiración era profunda, mi corazón iba a
estallar cuando de pronto me
chupó con todas sus ganas. Se tragó todo mi pene en
su boca que parecía una cálida
caverna. Sus manos seguían acariciándome por
todas partes y chupaba con muchas
ganas, mucha pasión. La sensación era tan
fuerte que se confundía con
pequeños dolores.
Yo quería plantear mis argumentos
y cogí de los brazos
suavemente, la acerqué hacia mi
rostro, aún sobre mi nos besamos otro rato
mientras girábamos hasta quedar
sobre ella. Buscaba refugio en su cuevita,
buscaba el calor familiar del
fuego. Cuando logré refugiarme en su caverna no
solo encontré el cálido fuego del
amor, también estaba húmeda, inundada mas
bien, inundada de pasión, de
sentimiento, de deseo, de cariño, de instinto.
Sentía un calor abrazador, una
fuerte luz cegó mi visión, circulaban ondas
sensoriales en todas las
direcciones, sentía una presión sobre cada trocito de
piel, confundía mis manos con mi
abdomen, con mis dedos, con mi pene, con mis
pies, todo se sentía igual, todo
se sentía fuera del mundo habitual, era otra
dimensión otro estado de
conciencia. Esos estados alterados de conciencia que
solo se logran con experiencias
extrasensoriales, como la meditación, los
alucinógenos, la oración.
Se prolongó esta experiencia
durante el resto de la noche,
nuestros cuerpos exhaustos
regresaron paulatinamente a la tibia realidad de su
alcoba. Pero no era un triste
regreso, era un regreso lleno de regocijo, era
como haber dejado el cuerpo en
otro mundo y regresar solo con el espíritu. No me
sentía completo, ni incompleto,
pero muy diferente.
Esa noche que la despedí no había
lugar para raciocinio, ni
para lamentaciones, ni
celebraciones, solo sucedió.
La vida continuó aparentemente
normal, pero yo sabía que
contaba con ella. Creo que ella
disfrutaba también mucho de mi ser por que
repetimos la experiencia muchas
veces, exploramos muchas variantes, algunas que
jamás había intentado, a
cualquier hora, en la mañana antes del trabajo, a medio
día, en las tardes después del
trabajo, los fines de semana, en las noches,
todos los momentos eran buenos
todas los encuentros fabulosos.
Claro, sucedió lo que tenía que
suceder, lo que en Egipto
duró 5000 años, en Roma, en Rusia
y algún día en Estados Unidos, se calló el
imperio.
Ese ímpetu no podía perdurar por
mucho tiempo, esa
desbordante energía sensorial se
extinguiría y entre mas fuerte se expresara más
rápido se consumiría. Es una ley
universal que ella entendió primero que yo. Y a
ese entendimiento o sentimiento
se le deben sustentar razones, es la única
manera de no sentir que hicimos
algo errado. Y claro, razones las hubo y muchas,
aunque hubiese sido mucho mas
fuerte cualquier otra experiencia. Pero esa
experiencia, por lo menos en ese
grado de excitación ya no regresaría, por mas
deseo que se diera.
Nos despedimos, o más bien, me
despidió en medio de mil
razones que existieron desde el
principio. Yo la entiendo y casi que estoy de
acuerdo con ella, solo que para
mi las razones no eran suficientes para limitar
mi experiencia.
Jamas me juzgaré negativamente,
es mas, es de las cosas mas
acertadas que he hecho en mi
vida, es una de las experiencias que más justifican
el hecho de estar vivo. No la
añoro por que ese sentimiento es frustante, el
pasado es nostálgico y
desgarrador, y el futuro es una vaga ilusión.
La recuerdo con mucho cariño como
hicimos tantas veces el
AMOR.