Abro los ojos y las primeras
luces del día iluminan nuestra habitación. Un tenue
resplandor atraviesa las cortinas. Duermes a mi lado y
tu rostro se parece al niño que fuiste. Al mirarte
reconozco las facciones en blanco y negro de un bebé en
una foto. Siento una inmensa ternura hacia ti. Lucho por
mover los primeros músculos de la mañana. ¡Qué fatiga!
Extiendo mi mano hacia ti y la apoyo sobre tu pecho.
Siento el palpitar sereno de tu corazón que es mío y mi
mano sube y baja al compás de tu respiración. Tú duermes
y yo sueño.
Sueño con la locura de tenerte a
mi lado y volver a la vida junto al tibio calor de tu
cuerpo dormido.
Acaricio tu pecho y entretengo mi
dedo índice jugando con uno de tus pezones, girando en
círculo sobre él como si fuera una bolita de plastilina.
Enredo mis dedos entre tu vello y sigo su recorrido
hasta tu vientre. Adoro desmayar mi mano en esa tierra
de nadie entre tu ombligo y tu sexo.
Parece que la
suavidad es especial allí. Miro tu rostro dormido y veo
al niño de la foto. Sueño que es a él a quien acaricio y
por eso busco la máxima suavidad que la piel de un
hombre adulto ofrece. Paso mis dedos por la mata áspera
de vello de tu pubis y alcanzo por fin tu pene en
reposo.
Ahí encuentro la piel suave de
niño: en el tronco de tu polla, antes de llegar a su
cabeza. Atrapo entre mis dedos esa colita blanda y
pequeña, promesa de un futuro de esplendor y de placer.
Me gusta acariciarte el pene mientras duermes. Cuando
estás despierto, rápidamente reaccionas y tu sexo crece,
perdiendo yo mi juguete. Me gusta atraparlo entre mis
dedos índice y pulgar y agitarlo de un lado para otro,
inclinándolo hacia los lados, para que caiga por su
peso. Acaricio su piel suave y te veo niño, débil,
indefenso.
Con mi mano allí, espero tu
reacción. Sé que durante el sueño, justo antes de
despertar, tendrás una erección lenta y fuerte. La
espero con ansia. Tu verga nunca alcanza esa dureza
cuando yo te excito intencionadamente. Por eso me gusta
esperar despierta el prodigio de tu potencia al máximo.
Te destapo para poder contemplar la progresión. Cómo
vibra con pequeñas sacudidas -como si fuesen
escalofríos-, y cómo comienza a crecer; cómo el prepucio
se queda atrás, incapaz de mantener esa cabeza roja e
hinchada, caliente como nunca. Este eres tú, mi amor, y
sé que sólo puedo contemplarlo cuando estás dormido.Por
eso no me importa desvelarme.
Suena el despertador. Gruñes. Y
te das la vuelta hacia mí, dando la espalda a ese
infernal pitido que tanto te molesta. Yo vuelvo a buscar
tu sexo, erguido al máximo, provocativo, desafiante.
Comienzo un masaje lento. Agarro con tres dedos tu verga
y subo y bajo tu prepucio, tapando y destapando la
cabeza. Imagino tu cara de niño en blanco y negro, que
hace pompitas con los labios hacia fuera y los mofletes
hinchados.
Gruñes otra vez, pero es de
gusto. Te tumbas boca arriba para facilitarme la tarea.
Yo te estimulo despacio, muy despacio, disfrutando de la
dureza y la suavidad. Aún no has abierto los ojos. Me
gusta amarte en la penumbra, viendo siluetas,
completando con la imaginación lo que apenas logro ver.
Me he arrodillado entre tus piernas. Ahora ya agarro con
toda la mano tu polla en erección y te la sacudo con
violencia y rapidez, viendo tu cuerpo agitarse. Tú sólo
gruñes; eres incapaz de modular palabras. Deseas el
orgasmo, el máximo de placer y que brote la fuente que
yo provoco. Yo me empeño con ánimo en hacerte gozar y
que comiences la jornada con alegría. Pero sabes que no
todo está garantizado.
Se enciende mi radio-despertador
con la voz estridente de la mujer que cuenta las
desdichas internacionales. Sueltas el aire de golpe,
vaciando tus pulmones en un instante. Sabes que todo
está perdido. Yo tengo mis normas: cuando se enciende mi
radio-despertador, todo acaba; si se enciende antes de
que llegues al orgasmo, te jodes. Así ha sucedido hoy.