Muchas veces había tenido alguna
fantasía de sumisión pero nunca habían pasado de ahí.
Cuando conocí a K en un chat, acabamos hablando de ese
tema. Ella me dijo "Acabas de encontrar a tu ama". Pensé
que era una broma y como tal seguimos hablando y
fantaseando. "Ya no eres Jaime, a partir de ahora para
mí vas a ser mi perro Timy". Esa frase activo como un
click dentro de mí. ¿Por qué? Porque era real. En el
fondo lo que quería era ser Timy.
El primer encuentro fue en una
casa vacía. K llegó en un todoterreno. Es una mujer
joven, con una piel preciosa y una voz llena de matices.
"Muy bien Timy, ¿nervioso?".
Me dejé desnudar sin dudarlo. Me
puso collar y correa y entendí muy bien que mi posición
era a cuatro patas a partir de ese momento. Jugó conmigo
y después me llevo al baño. Le apetecía bañar a su perro
y yo me dejé hacer encantado. Para un hombre quedarse
completamente expuesto a los deseos de una mujer, pasivo
y obediente es una extraña sensación, como fue extraño
cuando ella decidió que quería ver cómo estaba mi culo,
y le apeteció masajearme a fondo el orificio, para
ponerlo en condiciones de ser sodomizado si ella quería.
En nuestro segundo encuentro ella
quiso probar mi capacidad de ser azotado. Unas pinzas en
los pezones me enseñaron lo que es el dolor. Pero ella
no buscaba ese dolor, sino simplemente dominar lo que
llamaba mi "espíritu rebelde".
Después de la tercera sesión
quise interrumpir este juego. Ella sonrió. Sin duda es
más inteligente que yo y sabía que ya no podía romper la
correa con la que me había atado.
Lo que había empezado como un
juego era ahora una realidad y me había convertido de
verdad en Timy, un perro que adora a su ama, que desea
su atención y que está dispuesto a cualquier cosa que
ella le mande, sea la que sea. Porque un perro, en el
fondo, sólo quiere seguir siéndolo para recibir la
recompensa, o el castigo, que merezca.